Opinión

Asesinato de Don Quijote

Todos estamos a bordo del barco que se hunde

Además de su muerte, no sé qué es peor en el horrible asesinato de Parmenio Medina: lo que significa como retorno a la ley del más fuerte, del más malo, del más mentiroso –y la consecuente abolición del imperio de la ley– o la aparente irreversibilidad del proceso de descomposición contra el que Parmenio luchó denonadamente durante casi 30 años, sin poder pararlo, y cuya marcha avasalladora lo mató.

La civilización desaparece y retorna el salvajismo si la fuerza privada vuelve a ser el instrumento del poder –en este caso de intereses criminales–, según evidencian las declaraciones del propio Parmenio sobre las amenazas que recibía. Si eso ocurre, desaparece la ley como norma a que todos debemos sujetarnos y se vuelve al estado que Hobbes llamaba de "naturaleza", en que "el hombre es el lobo del hombre". Garras, fuerza, sangre y muerte, solo vale la ley del más fuerte. Esta es la dimensión detrás de la puerta que abre este horroroso hecho, tanto más grave cuanto que es evidente el menosprecio y desdén por el Estado, como si no se le tuviera el menor respeto.

Serias advertencias. Pero, grave y horrible por sí, no es un hecho aislado, sino resultado de un clima de formación gradual, que lo ha permitido y fomentado, que es lo peor. El sicariato y otras manifestaciones brutales o no brutales, pero efectivas, del imperio de la fuerza, aparecen como resultado de un proceso de descomposición en una sociedad anteriormente regida por la ley. Así lo recordó el Fiscal General de Colombia en una reunión aquí con sus colegas del área, al observar analogías entre el proceso en su patria y lo que veía en Costa Rica. "Esto se parece a la Colombia de hace 20 años", y "paren esto, ahora que pueden, porque después ya no se puede", fueron sus muy serias advertencias.

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