El decreto que permite urbanizar las montañas es una agresión, principalmente a los pobres, aunque la intención sea beneficiarlos. Los pobres, más que ningún otro grupo en el país, dependen para su bienestar de bienes comunes y externos, como la atención generalizada de salud, educación abierta y, en este caso, las bellezas naturales que apaciguan y modelan el espíritu.
Con la vista puesta en lo material, el Gobierno no ha sabido calar en este intangible espiritual, pero fundamental. Quitar a un costarricense el azul de sus montañas, con las que se deleita desde niño y que modula el alma nacional en la paz y en la convivencia civilizada, equivale al incendio de la casona de Santa Rosa o a la pérdida de la Virgen de los Ángeles: hieren en lo más profundo del espíritu.
Pero sobre todo afecta a los más pobres, quienes llenan su vacío material con los beneficios que les dan la sociedad, la historia y la naturaleza.
Por otra parte, pretender que es indispensable para que tengan vivienda, es absurdo. Si fuera cierto, habría que lotificar primero La Sabana, el Parque Nacional y los jardines de la Casa Presidencial. Porque estos por lo menos quedan cerca y no agravan los problemas, muy serios, de la dispersión y horizontalidad urbanas, como el transporte, la congestión y la recarga a las redes de servicios públicos.
Para arriba. Absurdo, porque más bien hay que recoger la ciudad y crecer para arriba; abundan para eso espacios en el centro y sur urbanos de la ciudad, decadentes y en espera de renovación.
Absurdo porque, además de intoxicar el espíritu y rebajar la calidad de vida, contamina los acuíferos subterráneos y crea riesgo de deslizamientos e inundaciones. Esta misma actitud provocó en Honduras, al paso del huracán Mitch, una catástrofe. La destrucción de las montañas y el urbanismo caótico de Tegucigalpa es el espejo en que debe contemplarse esta pretensión.
Espero que, con mucho más sensibilidad a los valores del espíritu, en equilibrio con las necesidades materiales y las reglas jurídicas, la Sala Constitucional detenga esta violación y haga valer las normas constitucionales que garantizan un ambiente sano, racional y hermoso.