Fiorella Alvarenga Barragán. 13 agosto

“Tan linda tu cara pero lástima el cuerpo”. “Le van a dar vuelta por estar gorda”. “Se te fue la mano con la dieta”. “Tanto deporte para nada”. “Vas muy bien pero te faltan unos cinco kilos”. “Tapate que se te ve la celulitis”. “Las estrías solo le salen a las mujeres que no se cuidan”.

Etiquetas… Todas son etiquetas con las que muchísima mujeres crecemos. Se nos dice no sólo cómo debemos actuar o cuál es nuestro papel, sino que, también se nos entrega un libro de indicaciones sobre nuestro cuerpo al nacer. Desde la infancia, una niña es expuesta a todo tipo de etiquetas que van desde “cuando sea más grande va a sentirse coqueta y va a adelgazar”, hasta escuchar cómo se habla pública y negativamente del peso, piernas y abdomen de una mujer adulta. Y se hace con tal liviandad que nos desarrollamos creyendo que en muchos casos, efectivamente, una mujer que no luzca de cierta forma no va a poder tener una relación feliz, sana y estable, ni logrará el éxito profesional ni podrá pasearse por la playa libre en su bikini sin sentir vergüenza de su imagen.

“Aceptar halagos, disfrutar al aire libre, destaparse y taparse por un tema de gustos y no de vergüenza o tener sexo con la luz prendida, es algo que muchas mujeres nos hemos negado alguna vez en la vida”

Muchas otras niñas crecen creyendo que el deporte es un vehículo para tener un peso y unas curvas que son sinónimo de belleza, como si la belleza no se encontrara en infinidad de formas y tamaños. Y así, inician el recorrido por un camino en el que la actividad física no se disfruta, la comida se convierte en la enemiga y el cuerpo, el lugar más sagrado con el que cuenta cada ser humano, puede llegar a sentirse como una prisión.

El “cuando sea flaca seré feliz” se transforma en el mantra de millones de mujeres alrededor del mundo que, aún programadas por las ideas con las que crecieron, se niegan a ver la vida espectacular que tienen a su alcance, a disfrutar sus metas obtenidas, a gozar de su piel y a definir sueños ilimitados… todo lo que se pierden por no tener aquel físico que les dijeron iba a ser la solución y prácticamente la finalidad de su vida como mujer.

Aceptar halagos, disfrutar al aire libre, destaparse y taparse por un tema de gustos y no de vergüenza o tener sexo con la luz prendida, es algo que muchas mujeres nos hemos negado alguna vez en la vida. Y no, no se trata de renunciar a vivir sanamente… se trata de disfrutar de la vida. Porque en muchas, esas etiquetas están tan profundamente marcadas en el alma que fácilmente terminamos buscando una nueva razón para criticar nuestro cuerpo independientemente de cómo luzcamos, de lo fuertes y activas que seamos o de lo hermosas que estemos.

¿Qué pasaría si nos liberásemos de las etiquetas y viviésemos la vida que queremos? Probablemente se verían más mujeres sonrientes en la playa, más variedad en los tintes de cabello, menos ropa deportiva negra, más celulitis libre al viento y mucho menos temor de mostrar una estría. Porque la felicidad no tiene peso, talla ni edad.

Liberarse de las etiquetas es abrazar a una nueva vida, es hacer las cosas que se quieren y disfrutarlas sin culpa, es tomar la decisión de hacer un cambio sobre la salud o sobre las relaciones sin miedo al “¿qué dirán?” o esperando la aprobación ajena, es apoderarse del cuerpo y empoderarse en él. ¿Y cómo se logra? El primer paso es identificar la etiqueta que pesa, la que lleva al auto boicot, la que guía por el camino de lo que se espera de nosotras y no de lo que queremos… Identificala y des-etiquetate… tu vida será tan completa como vos decidás que sea.