Vestido de novia. Tres actos de Nelson Rodrigues. Presentación del Teatro Universitario (TU) y de la Escuela de Artes Dramáticas de la UCR, en el auditorio de la Facultad de Bellas Artes. Elenco: Erika Rojas, Vicky Montero, Teresita Reyes, César Meléndez, Marta Apuy, Elías Jiménez, Flor Vargas, Roberto Zeledón, Sofía Zúñiga, Alexánder Molina, Dionisio Leal, Jean Martén, Wendy Flores. Música y sonido: Dionisio Leal. Luces: Roxana Ávila, David Korish. Escenografía, vestuario y utilería: Miguel Casafont. Traducción, adaptación y dirección: Roxana Ávila.
Los estudiosos consideran el 28 de diciembre de 1943 como la fecha de inicio del teatro moderno en Brasil. La ocasión fue el estreno, en el Teatro Municipal de Río de Janeiro, de la pieza Vestido de novia. Su autor era un treintañero periodista carioca, Nelson Rodrigues (1912-1980), cuyo primer intento dramatúrgico había fracasado un año antes.
Vestido de novia fue de inmediato un enorme suceso de público y crítica y de la noche a la mañana Rodrigues se convirtió en el festejado de los círculos intelectuales cariocas.
Pero el éxito de la obra se debió tanto a su novedosa estructura dramática -una rápida sucesión de escenas discontinuas, al estilo cinematográfico- como a la idónea puesta en escena concebida por el emigrado polaco Zbigniew Ziembinski.
Mediante una cuidadosa preparación del elenco en las técnicas naturalistas de la actuación, según las enseñanzas de Stanislavsky, y el empleo de recursos escenográficos y efectos de luces derivados del expresionismo, el montaje de Ziembinski encontró las correspondencias escénicas necesarias para darles forma teatral a los ambivalentes y entrecruzados planos psicológicos y cronológicos de la trama, que se desenvuelve entre la realidad, la alucinación y el recuerdo.
El meollo de la acción es el cuento viejo de dos hermanas que se disputan el novio que la una le quitó a la otra; su originalidad radica en los insólitos estratagemas narrativos empleados por el autor.
El punto de partida es un hecho en el plano de la realidad: atropellada por un auto, Adela, esposa de Pedro, llega a la sala de operaciones en estado de coma y condición gravísima.
Mientras se la interviene y se debate entre la vida y la muerte, el escenario se torna, por un lado, en reflejo de la realidad -los médicos, la sala de operaciones, la noticia del atropello pregonada en los periódicos- y, por otro, en la proyección física del delirio inconsciente de la agonizante, en el que, como se dijo, se confunde la memoria de hechos acontecidos con otros imaginados.
Quizá una escenificación adecuada deVestido de novia requiera de mayores recursos de los que dispone el Teatro Universitario, pero el montaje confiado a Roxana Avila me pareció un esfuerzo meritorio y valiente de quien da sus primeros pasos en la dirección escénica.
Tal vez faltó en su puesta un pulso rítmico más contrastado entre una escena y otra, así como sobraron algunos efectos de sonido. Al final, la omisión del saludo de los actores es una simple novatada.
En la escenografía y el vestuario, Miguel Casafont diferenció en forma aceptable los planos del juego temporal de la pieza. La iluminación, debida a la directora y a David Korish, produjo ambientaciones apropiadas para el desarrollo del enredo, teniendo en cuenta las severas limitaciones del equipo de luces del TU.
El montaje también ofreció oportunidad a estudiantes avanzados de la Escuela de Artes Dramáticas de estrenarse en el escenario junto a figuras de mayor experiencia.
De los primeros, si bien Erika Rojas no mostró la complejidad psicológica del personaje protagónico, mantuvo un desempeño bastante consecuente sobre el escenario. Lo mismo puede decirse de Teresita Reyes, como Lucía, rival de Adela, y de César Meléndez, en el papel de Pedro, motivo de la discordia entre las hermanas.
Con más bagaje en lides histriónicas, Vicky Montero encarnó de modo sugerente a la enigmática Madame Clessi, dueña de un prostíbulo y guía imaginaria de la protagonista en su periplo agónico.
En suma, Vestido de novia, del brasileño Nelson Rodrigues, dará oportunidad al lector de conocer una pieza clave de la moderna dramaturgia latinoamericana. Por igual, de estimular con su presencia a la generación ascendente de artistas teatrales. Además, pasará un rato agradable.