Hace cien años, Orihuela era un pequeño pueblo alicantino, levantado al pie de la sierra, con su río, sus iglesias y conventos, sus prados y sus rebaños. Allí y entonces nació el poeta Miguel Hernández.
Los biógrafos nos dicen que su hogar era modesto; el padre, comerciante de cabras; la madre, campesina habituada a atender las tareas de la casa. Como no iba a ser de otro modo, al niño Miguel y al adolescente Miguel se le encargaron labores de pastor. Nada mal como escenario: entre cabras, pastizales y colinas, un poeta.
Como suele decirse, no la tuvo fácil aquel provinciano. Su educación primaria fue apenas la necesaria para alfabetizarse porque a sus doce o trece años la abandonaría y toda su formación posterior corrió por su cuenta y voluntad.
Leyó mucho y bien a los clásicos y a los contemporáneos; su gusto por el soneto lo obtuvo, con seguridad, de Garcilaso, Lope y Quevedo; en cambio, su atención a la poesía moderna la centró no tanto en la de sus coterráneos, como en la alemana y la francesa: Rilke, Mallarmé, Valéry, Romain. Tradujo, incluso, a alguno de ellos, que copió en sus cuadernos de adolescencia.
Con los grandes y en la ciudad. Su primer libro, que alistó con 21 años, es Perito en lunas . Tomó entonces el tren a Madrid y, con la ayuda financiera de un canónigo oriolano, quedó impreso en una magra edición en la capital del reino. La obrita pasó inadvertida, y el poeta, desconsolado.
Incluso García Lorca, el brillante poeta granadino, que gozaba de celebridad merecida, lo trató con indiferencia y tal vez con recelo. Hernández era tímido, apocado y, además, advenedizo; en cambio, García Lorca era simpático, extravertido y admirado; pero, en vez de rencor, Miguel guardó silencio.
Fueron otras amistades quienes lo salvaron del anonimato y del fracaso; dos de ellas, solo en apariencia opuestas: las de Vicente Aleixandre y Pablo Neruda. Un sevillano refinado y discreto, radicado en Madrid, y un sudamericano inquieto, fervoroso y nómada.
De ambos aprendió que la poesía, sin dejar de ser un culto de pocos, es la pasión de muchos y un proyecto –ilusorio a sabiendas– de conversar con todos.
A Aleixandre le dedicó así su libro Viento del pueblo (1937): «A nosotros, que hemos nacido poetas entre todos los hombres, nos ha hecho poetas la vida junto a todos los hombres».
Como muchos otros civiles de entonces, nuestro alicantino ya se había alistado como soldado por la causa republicana, sin saber (aunque sí calcular) que sería la última etapa de su vida física. En el libro figuran poemas que la posteridad –esa enigmática hada de los poetas– grabaría en la historia; uno de ellos, una elegía a García Lorca, a quien habían asesinado; también «El niño yuntero», «Los jornaleros», «Juramento de alegría» y, sobre todo, «Canción del esposo soldado», el poema que mejor lo retrata.
El siguiente libro, El hombre acecha (1939), está dedicado a Neruda, a quien le dice: «Mira el pueblo que sonríe con una florida tristeza, augurando el porvenir de la alegre sustancia. Él nos responderá. Y las tabernas, hoy tenebrosas como funerarias, irradiarán el resplandor más penetrante del vino y la poesía».
Los resplandores del vino y las palabras: perfecta imagen para hablar de la poesía. La luz que amó porque vivió entre penumbras; el vino forjador de amistades y la canción tornasolada de alegrías y penas. Aquellos eran poemas hechos a las circunstancias y exigencias de la época, escritos por un convencido de que las palabras son armas eficaces.
Como lo fue en su vida, según sus biógrafos, ni él ni su poesía jamás perdieron la sonrisa, la esperanza y la gracia de vivir; la «Canción última» lo dice: Florecerán los besos / sobre las almohadas. / Y en torno de los cuerpos/ elevará la sábana / su intensa enredadera / nocturna, perfumada .
Sus palabras navegaron a América. En marzo de 1942 murió el poeta, en una cárcel de Alicante. Con esto quedó sellado también, durante años y con el puño del nuevo régimen, el destino de su poesía. Solamente una edición (que desconozco) de su obra escogida apareció en Madrid en 1952. Años después, sus poemas pudieron renacer en Buenos Aires y diseminarse desde allí por Hispanoamérica.
Gracias a unos voluntariosos editores y a leales poetas, como Rafael Alberti, ya exiliado, y el paraguayo Elvio Romero, la poesía de Hernández arraigó en nuestro continente.
Por aquellos tiempos, su poesía debió de resultar muy atractiva: cantaba con soltura y llaneza, movía los corazones por sus temas, exaltaba los ánimos por el arrojo de sus ideas y, en fin, era la voz política de un poeta-soldado, el ideal de quienes vivían la poesía como herramienta de combate.
También, alguna vez, el poeta había sostenido que «la poesía es un arma que dejo en las manos del pueblo». Así consta en un borrador del prólogo a Viento del pueblo .
Y llegaron a Costa Rica. Fueron los pequeños tomos de la Editorial Losada los que trajeron su poesía a Costa Rica. En sus ediciones de bolsillo llegaron a las librerías de San José los volúmenes sueltos, como El rayo que no cesa , Viento del pueblo , Cancionero y romancero de ausencias . Hernández estaba entre nosotros.
Seguir sus huellas en la poesía costarricense es factible, y sus resultados, fiables. Hay evidentes similitudes con la obra de Jorge Debravo, quien sin duda leyó las ediciones argentinas; también hay marcas estilísticas y temáticas en cierta poesía telúrica y elementalista que se escribió durante la década de 1970.
En 1972, un escritor primerizo reunió una docena de sus poemas bajo el título A los pies de la tiniebla , frase tomada de un romance de Hernández: Mírame aquí, encadenado / escupido, sin calor, / a los pies de la tiniebla / más súbita, más feroz'
Fue el año en que un músico y cantante catalán popularizó varios célebres poemas del alicantino: Joan Manuel Serrat. Era una musicalización de textos del poeta que se tarareaba aquí y allá, entre los estudiantes, mientras los jóvenes poetas escuchaban con atención unos versos mecidos por la música solar del catalán, entonces popular y novedoso.
Quien leyó a Hernández con más atención y cuidado en Costa Rica fue Carlos Rafael Duverrán, el poeta que entre nosotros mejor ha entendido las relaciones entre la buena poesía, una atenta lectura y el análisis crítico, sin la jerigonza de la tecnocracia académica.
En 1975, Duverrán leyó su tesis de grado sobre el poeta español, en una época en la que casi nadie estudiaba la poesía en la universidad. Poco después, su ejemplo lo siguieron otros jóvenes filólogos; algunos aspiraban a poetas, otros a críticos de la literatura, todos a ese insondable universo que pudo haber nacido en un prado alicantino, en una playa chilena o entre las callejuelas de un barrio josefino.
Poeta no es el que contempla con arrobo el paisaje, sino quien con la pluma y el papel lo transforma en palabras. Tal es la historia de los poetas. Tal la de Miguel Hernández en su tierra, en Hispanoamérica y en Costa Rica.
De la emoción a la palabra, a veces la distancia es insalvable, pero otras es apenas de unos cuantos centímetros, entre la cabeza y el papel. De modo inmejorable, una vez lo dijo así el poeta: Cuando te voy a escribir, se emocionan los tinteros .
EL AUTOR ES POETA Y ENSAYISTA COSTARRICENSE. EN 2009 PUBLICÓ POEMAS PARA UNA CIUDAD INERME Y TERRITORIOS Y FIGURACIONES (ENSAYOS).