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Carlos Ramos, <ITALIC>Porcionzón</ITALIC>

<BOLD>Basta con verlo.</BOLD> La cara, el porte, el requiebre, la mirada, la pinta y ese toque tan suyo producen, aun en el más amargado, un relámpago que ilumina el rostro: la sonrisa. Él se jacta de haber reivindicado al “pachucazo” decente.

Como sacado de una comedia de Moliére, o una novela picaresca española, este “príncipe de los pachucos” fue paseado en hombros en la Plaza de Toros de Zapote y coronado rey del humor, señor de los señores del vacilón desde donde nace el sol hasta el ocaso.

De pronto irrumpe en la pantalla un ángel, un diablo, un tigre, un perro dálmata o un torero y aunque se vista de seda' esos cachetes son inconfundibles, aquí y en Júpiter, con ustedes ¡Carlitos Ramos: el Porcionzón!. Todo aquel que lo ve muere de risa, tiene una gracia artística asombrosa y es la única receta contra la tristeza.

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