Archivo

Calacas Blues en concierto

Es lógico que de su repertorio salgan hombres deshechos, mujeres perdidas y velas que se consumen a fuerza de tanto arder: se llaman Calacas Blues y la música los tiene en el hueso


      
     | JOSé DíAZ
| JOSé DíAZ

EN MITAD DEL escenario, Alejandro Cardona es la versión angélica de Jack El Destripador: negro cerrado de pies a cabeza, sombrero de ala ancha, fajas de plata en todos los dedos y una guitarra anclada al pecho. Pensándolo mejor, el líder de Calacas es como un Pedro Navaja recién salido de algún conservatorio, con talento para la música clásica pero con vocación para todo lo demás.

Cardona canta pero más bien declama, con la cara oculta debajo de la sombra. Las canciones que interpreta son crónicas de una guerra invisible que él y sus compañeros reconstruyen con las puntadas del bajo y la batería. Hay una atmósfera de alta tensión, porque el blues es un silencio que no se puede quedar callado.

Una voz femenina se relame de gusto mientras canta, antes de huir por las azoteas. No podía ser de otro modo: las historias de Calacas son poemas dejados a la intemperie de la vida, donde la vida misma encuentra refugio. Mala vida con calidad de exportación: callejones, pandillas, besos, madrigueras, botes de pintura, estaciones del metro y estampillas milagrosas; todo un fresco latinoamericano en acordes sencillos.

‌
‌

‌

‌
‌

‌

‌