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Al maestro, con cariño

Uninsky tocó esa noche “con las alas abiertas para el vuelo”

Una reminiscencia infantil, con ocasión del 115 aniversario del Teatro Nacional. Centenario y, al mismo tiempo, quinceañero, nuestro teatro, el más bello edificio de Costa Rica, ese del que Jacinto Benavente dijera: “San José es una aldea... alrededor de un teatro espléndido”.

¡Ah, la vida tiene cosas lindas: más aún, bellísimas! Estuve presente en la celebración del 75 aniversario del Teatro Nacional: 19 de octubre de 1972. Noche de gala de la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por Gerald Brown. Vino el inmenso pianista ruso Alexander Uninsky, a tocar el Primer Concierto de Tchaikovsky.

Ya había yo comenzado a estudiar piano. ¡Ah, amigos, si pudiera darles una idea de la ilusión que en mí generó el evento! Conté los días que faltaban para el concierto, esa tarde en la escuela –lo estoy viviendo– no puse atención, me importó un bledo todo cuanto los profesores dijeron: yo solo quería oír a Uninsky, con el concierto que, en aquel momento, era mi favorito. Me compraron mi primer traje entero, y ahí fui, con mi papá, a palco de galería, lado izquierdo. Estoy viendo los gestos, la expresión, el perfil, la frente, el porte de Uninsky frente al piano. Su sonido atronador, su lirismo infinito... pero también su angustia. Era un hombre en el ocaso de su carrera, que sufría de graves problemas de artritis. Yo adoré la ejecución... la crítica fue dura. Y a mí me dolió, me dolió, sí, que maltrataran a mi héroe. Fui a visitarlo al camerino. Me dio su autógrafo, y, cuando le dije que yo era también pianista (¡qué enormidad: en ese entonces si acaso sería capaz de tocar “Los Pollitos”!), me escribió: “Para mi pequeño colega, con la certeza de que algún día va a tocar el concierto de Tchaikovsky mejor que yo”. Es un documento que atesoro.

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