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11 horas de porno al día

La cómplice perfecta de un mundo recóndito, en pleno centro de la capital, es la penumbra que envuelve los rostros de unos seis desconocidos. Mientras me interno en una sala enorme, mis sentidos comienzan a adaptarse a las condiciones algo extremas del lugar: al entrar, no se distingue nada, ni siquiera logro ver mi propia mano, aunque la tenga al frente.

La oscuridad me consume entera luego de atravesar dos gruesas cortinas rojas, y por más que intento enfocar la mirada, no distingo nada más que un par de protuberantes senos en primer plano, que se balancean al ritmo de música erótica. Me encuentro en un cine porno y son las 11 de la mañana de un caluroso sábado en San José.

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