Su energía expresiva viene con sello de origen, híbrido desde su infancia: sus genes y familia arraigados en su cultura rusa se mezclan con una niñez temprana entre cafetales, pueblos meseteños y costumbres costarricenses, y en su pintura se sincretiza la densidad que emana de la tundra con la vitalidad de la luz trópico-húmeda. Y hay más.
En un momento en que el arte se decanta hace rato por lo conceptual hasta el paroxismo, o el abstraccionismo succionado por lo decorativo, o lo multidisciplinario en boga con el riesgo de diluirlo, se alza una voz pictórica poderosa en nuestro pequeño territorio que revela subtextos de nuestras sociedades globales. Tal vez su mirada nómada le permite ir y venir, acercarse y alejarse y entonces poder gritar, como aquel niño: ¡el rey está desnudo!
Su expresionismo figurativo en esta exposición distorsiona adrede las figuras y alude al trasfondo con ironía y ferocidad, y su notable intuición sintetiza la composición y fulgura el color: sabe dónde acentuar, aprovechar un aparente desliz del pincel, lo cual también remite al arte gestual. Y hay hermosura, no deja de lado lo estético.

Un vistazo a la historia de Anaskin para adivinar su génesis: vemos a Philipp niño corriendo por un pueblo herediano, monaguillo en la iglesia o vestido de romano en las procesiones o volando chilillazos en las mascaradas dentro de un disfraz de diabillo. Es bachiller en Pintura y también en Derechos Humanos por la UNA e hizo estudios clásicos en la TIKON, Universidad de Moscú, especializándose en dibujo, pintura y mural. Casi a diario se encierra en su estudio y cuesta sacarlo, que lo diga su curador, y no deja pretexto sin pintar: paisajes, vegetación, bodegones y retratos para mantener la mano en movimiento.
“Mi obra parte del caos, yo soy muy enérgico a la hora de pintar, creo un caos de materiales, masking tape, pinceles, trapos. Es como una metáfora del universo que parte del caos; mi arte tiene mucho de arte a la prima, no hago veladuras, es pintura superpuesta, una técnica que tiene que ver con el impresionismo y expresionismo, Cuando pinto tomo distancia y me muevo muchísimo, tomo distancia para los detalles, mis cuadros tienen que apreciarse tanto a distancia como de cerca. Es importante decir que creo que toda forma es abstracta, trabajo desde la abstracción y el cuadro me dice hasta dónde parar. Y hay un estado de conciencia sobre el error y lo humano que es, aprovecho el error, el gracioso error”.

Develar nuestros monstruos sociales
En el contexto de nuestro país su actual muestra podría parecerles subversiva a algunos pues con fuerza asume un arte que interpela. Anaskin lo revitaliza reflejando lo ominoso que nos ha venido cercando y que, en lugar de mejorar, se ha enconado: nuestros monstruos sociales. Ni tan ocultos. Caracterizan nuestro mundo.
“Esta exposición me permitió una libertad de expresión, una catarsis sobre inquietudes y situaciones actuales. Coincidió con el mes patrio, pero más que para acusar a alguien es para crear conciencia de un mundo convulso, con esa sensación de que vivimos inmersos en un posible desastre que puede venir; soy un artista influido por el arte de posguerra, el expresionismo”, explica Anaskin.
“Básicamente soy producto de eso, aunque no sobreviví una guerra, sí viví la caída de la Unión Soviética y aunque ya no existía guerra fría esta sí pasaba por mi cuerpo. Ya no existe eso pero el mundo ahora está polarizado y creo que el arte debe ser contemporáneo y fiel a su momento histórico, soy un artista y actúo como un espejo de la sociedad”, dice.
“En esta exposición no pretendo señalar ningún bando ni tener una ideología, más bien hablo sobre un mundo que se ha vuelto tremendamente egoísta y también inconsciente de que todos somos iguales, nos vamos a morir y mientras tanto venimos con la misma misión. El tema del abuso de poder tiene que ver con esto, se necesita que el arte tome un giro hacia las realidades sociales, políticas y las realidades globales que nos permean, hablar de nuestra historia. Mi obra pretende ser universal. Tener la libertad de hacerlo en un museo estatal es de recalcar, aún podemos hacerlo en Costa Rica, en otros países no”, agrega.

Las salas del Museo Calderón Guardia presentan 35 óleos, en su mayoría de gran formato y creados en el 2026, un video y un objeto encontrado: obras reflexionadas y escogidas junto al curador de Anaskin, Pedro García Dobles, y curadas en los salones del Museo Calderón Guardia por Luis Núñez Bohorquez, director del Museo.
Nos advierte que hablar sobre pintura le quita tiempo para pintar, dice: “es que creo en ser virtuoso, el virtuosismo se genera con tiempo”.
Por eso valora el diálogo y la relación con su curador, Pedro García. “Es prácticamente un recorrido conceptual, en esta expo lo pude lograr mejor que en las anteriores, muestro una seguridad mayor y es indispensable para un artista estar acompañado, no es una novedad ese modelo pero en Costa Rica se ha perdido, en otros países existe, y con Pedro el diálogo en la curaduría es tanto conceptual como intelectual, tenemos grandes discusiones, trasciende lo económico”, explica.
“Hubo cosas muy importantes que hicimos como los viajes a Colombia, poder ver un arte latinoamericano cuestionador, exponer Human Animals en una Casa Cultural de Bogotá y en la galería Cristophe Pascal”, dice.

Visita sin spoiler
Recorramos la exposición. Al entrar, en la primera sala a la derecha, la presencia de los animales nos prepara para lo que viene, prefiguran la inocencia de las víctimas: todos nosotros. Aparecen las alusiones perturbadoras: en una mesa de juego (A ojo cerrado), un tucán en primer plano, las manos enjoyadas de los jugadores y un signo recurrente a lo largo de toda la exposición en los “rostros de poder”: a menudo no aparecen, emborronados por una mancha de color.
Open season te eriza por el contraste entre los carros de la gasolinera y los venados. O el cuadro Así es la vida: dos perros en coito frente a una casa devorada por un incendio revelan el juego del artista con la mordacidad. Y señoreando, el cuadro Mr President, el hombre abrazado y envuelto por carne muerta. Su uso magnífico del color y su acierto para colocar los acentos. Hay más para ver en esta sala, como los Chacales, y sí, la calavera, Death head, ¿nuestra calavera...?

Sigamos. En las obras de gran formato en el salón principal la narrativa de los personajes es directa: los rostros tapados, los trajes enteros o en uniforme, los zapatos lustradísimos. Estamos frente al banquete de los carniceros del poder. Y la ironía, hasta en el color, como en el cuadro Poodle Fuhre: lo inocuo junto a la inicuo. Pero no vamos a hacer spoiler.Vale el recorrido en persona sin obviar títulos como La deformación de promesas, Delirios de grandeza, La jugada, Lamesuelas...
Penetremos con sigilo en las salas de adentro, los rostros se revelan poco a poco con muecas siniestras, como el del hombre numerado… ¿Evoca a alguien?

Saltan las paradojas del arte: no hay sutileza pero a la vez hay mucha sutileza, los contrastes son directos en cuadros como Pan y circo, Ruega por nosotros, La tinta con sangre entra, Prime timeo Adivina quién soy… Hay más: el juego autorreferente con el niño en dos formatos, incluido el tridimensional (Si no se come todo no hay postre), y un video, El internauta. Y temas colaterales que no lo son tanto: el cuerpo y el rostro doloridos de la madre, el rostro de seda de la joven entre flores tropicales. El bello cuadro El silencio… ¿el nuestro?... Y Tiro al blanco, el único en formato circular: una mujer entre vegetación nos apunta con la mirilla… ¿de un arma, de un microscopio?
Las preguntas que nos hacemos frente a las obras reflejan cuánto nos permite esta exposición a los espectadores dialogar con ella y mirarnos.
‘Rostros de poder’ de Philipp Anaskin
Conversatorio: “Hasta dónde y cómo”. A propósito de la exposición de Philipp Anaskin, con Alina González, Manuel Zumbado, Miguel Hernández. Modera: Pedro García Dobles. Sábado 31 de octubre, 2 p. m. en el auditorio del Museo Calderón Guardia, barrio Escalante, San José.

