Un domingo reciente, las inconfundibles notas del gran coro de Carmina Burana se sobreponen al aguacero y salen de Gráfica Génesis, el espacio cultural en barrio Luján. Se escucha gran movimiento tras el portón rojo. Es algo que ebulle, que se está transformando. Es uno de los primeros ensayos completos para el gran espectáculo de danza, coro y orquesta que se estrenará pronto en el Teatro Melico Salazar.
El coreógrafo Francisco Centeno, exdirector de la Compañía Nacional de Danza, ha confrontado el monumento musical del alemán Carl Orff anteriormente. Es una de las composiciones más célebres del siglo XX, por lo que abundan adaptaciones; pero aquí quiere hacerla muy suya, muy propia, y cuenta con un elenco fresco para conseguirlo: estudiantes de Cicció Studio Compañía, de Vanessa Cicció, directora general del espectáculo.
Son chicos y chicas, de 12 a casi 30 años, que van y vienen de un lado al otro del espacio de ensayo. Nos acomodamos en las sillitas del público, pegadas a la pared para darles espacio. Es necesario para que la treintena de intérpretes conozca bien sus movimientos y su interacción en grupo.
Requerirán más consciencia de sus dimensiones sobre las tablas del Melico, que compartirán con UCR Coral y al Coro de Cámara de la Universidad de Costa Rica, bajo la dirección coral de Didier Mora y Ricardo Quirós, así como un ensamble orquestal dirigido por Alejandro Acuña.
Hoy hay algunos errores, algunos tropiezos. Es normal. Tres meses de trabajo poco a poco van cuajando en una obra que, sobre el escenario, debe verse perfecta. Los movimientos de Centeno son complejos, “barrocos”, como los describe el artista. Algunos intérpretes son más experimentados que otros, pero por la composición del coreógrafo, todos brillan en algún momento.
Los vemos de frente, como el ser humano confronta a la fortuna, que va y viene.

Carmina Burana, placer y azar
Los múltiples usos que se le han dado a la cantata de 1937 de Carl Orff, de lo solemne a lo dramático, pueden distraer de su contenido original. Pese a lo avasallador de la música, esta composición coral puede y debe ser divertida también, pues nos habla de la glotonería, la ebriedad, la lujuria y el retorno de la primavera. Estas canciones medievales mezclan todo, entre lo alto y lo bajo, y así nos lleva la partitura entre coros grandiosos y solos de humor y deseo.
Centeno lo enfoca desde los siete pecados capitales. Es una manera de imprimir su personalidad a la coreografía, donde las manos cuentan gran parte de la historia, pero que también exige rápidos movimientos, acrobacias vertiginosas e interpretaciones vivaces.
Entramos al salón un poco antes del inicio formal del ensayo. Están puliendo detalles del último tracto, nuevamente con el coro O Fortuna que le da inicio —la rueda de la suerte que no deja de girar—. El bailarín cubano Richard González, invitado de 24 años, gira en su malla plateada en el centro, cuerpo esbelto, luz a medias.
Se siente uno en un taller de carpintería donde todo se está tallando con minuciosidad, pero estas piezas se mueven, todas, y con una ductilidad tremenda. Cuando los cuerpos configuran una sola masa, hay momentos más lentos, pero todo salta, brinca, contornea, balancea, respira.
Para Vanessa Cicció, es una oportunidad magnífica para que sus estudiantes demuestren lo que han aprendido en el estudio, así como para que se expongan a técnicas como el ballet contemporáneo que indaga Centeno. Si ya parten de la discplina del ballet, ahora pueden extenderse a la soltura de miembros, gestos y piruetas de otros géneros de danza.
En el caso de Carmina Burana, la exigencia incluye transmitir esos coloridos personajes que sugieren música y letra. En una escena, estamos en una taberna, bebida en mano, tambaleándonos por el escenario; en otra, la voluptuosidad gana, la fuerza de las piernas, la exuberancia... El coro se eleva y el cuerpo se agita, se desparrama, salta y gira.
“Carmina tiene presente esa idea de la fortuna, de la ruleta: hacia dónde caerá nuestro ciclo de vida, hacia dónde vamos y adónde llegamos. En este caso, lo enfoco dentro de mi guion dramático con algo que para mí es muy especial: los siete pecados capitales”, explica Centeno.
“Creo que mi estilo también conlleva ese exotismo y esa sensualidad que tiene la música, porque tiene muchas variantes”, dice el coreógrafo. “Para mí es una propuesta muy cinematográfica con este ciclo, y sí me interesa que físicamente los bailarines vayan cambiando, que la puesta en escena sea muy camaleónica”, dice.
Entre esos camaleones destaca la joven Sofía Rocha, quien aparte de integrarse a la pirotécnica coreografía, encuentra el aire para desempeñarse con destacados solos como soprano. Otros intérpretes tienen roles muy floridos, otros acompañan con su humor, su gracia, sus gestos que van hilvanando una historia que es muchas a la vez. Nos sometemos a su lógica: un lenguajes de las manos y los muslos y las puntas y los giros que nos avasallan por hora y cuarto.
Mientras se desarrolla el ensayo, vemos los puntos por corregir —normales al ensamblar a tantos intérpretes tras varias semanas—, lo que puede florecer todavía. Hay que imaginarlo con el coro y la orquesta, decenas de artistas que, sobre escena, conjuren estas canciones medievales que por un siglo han hecho de banda sonora de nuestra imaginación de la época.
Claro está, en estos cuerpos dúctiles y encendidos, cobra nuevos significados, cosas que solo se sienten en el cuerpo de uno, como espectador, que si pudiera se sumaría a la danza del azar, que va y viene, sin saber a quién premiará.

‘Carmina Burana’ en el Melico Salazar
Cicció Studio presenta una producción de gran formato de Carmina Burana, de Carl Orff, reinterpretada mediante ballet contemporáneo, con coreografía de Francisco Centeno y dirección general de Vanesa Cicció.
Cuándo: sábado 17 de octubre, 7 p. m., y domingo 18 de octubre, 5 p. m.
Dónde: Teatro Popular Melico Salazar.
Entradas: disponibles en eTicket, con precios de ¢12.000 (galería cuarto piso) a ¢25.900 (luneta central).
