Cocina, afecto y pedagogía: una propuesta desde Costa Rica para pensar qué significa ‘curar’ arte y lo que lo rodea
Descubra cómo ‘Curanderxs’ busca repeensar la curaduría en Costa Rica mediante la hospitalidad, la pedagogía y el diálogo en el arte centroamericano
Curanderxs: resonancias de un territorio compartido Ericka Martin
Eugenia S. Rudin
Curanderxs nos mostró que la curaduría no es un título en mayúsculas, sino un ejercicio continuo de escucha, hospitalidad, archivo y cocina compartida. Más allá de lo evidente, fue un espacio de encuentro y acogida, un lugar para diálogos necesarios en el contexto centroamericano.
Organizado por satisFACTORY Casa y el Centro Cultural de España, con el apoyo de Hannah Sloan Curatorial & Advisory, este programa despojó a la curaduría de su aura jerárquica para revelar una práctica relacional, pedagógica y afectiva.
Se preguntarán, como me lo pregunté yo, ¿qué motivos tenía alguien formada en arte, educación y mediación cultural para adentrarse en este campo? Confieso que dudé, ya que me alejaba la percepción habitual sobre la figura del curador/a, quien suele aparecer como un ente distante dentro del circuito artístico, cargado de jerarquía y poder.
Curanderxs: resonancias de un territorio compartido (Ericka Martin/Cortesía satisFACTORY)
Sin embargo, Curanderxs mostró que, aunque esa imagen aún existe, el ecosistema se desplaza hacia modelos más relacionales y situados, capaces de abrir diálogos globales sin perder el arraigo local. Esa posibilidad resultó profundamente esperanzadora.
Todo comenzó con la voz caribeña, cargada de sensibilidad poética, de Luis Graham Castillo, de República Dominicana, quien nos colmó de pensamiento caribeño y memoria histórica. Nos llevó hacia lo desconocido de la espiritualidad e incitó a encontrar nuestra propia voz curatorial. Su metáfora del colmado —como espacio de encuentro informal, música y confianza— me permitió pensar la curaduría como un lugar genuino donde se tejen complicidades, una economía del afecto que sostiene proyectos culturales más allá de los presupuestos formales.
El siguiente taller nos condujo hacia la economía del visitante con Marina Reyes Franco, curadora puertorriqueña. Con ella exploramos espacios no pensados para el arte y cuestionamos la manera en que nos relacionamos con el contexto, a partir de su investigación vinculada al impacto del turismo, la gentrificación y la transformación del territorio.
Luego abordamos lo que llamo la magia relacional con Juan Canela, curador jefe del MAC Panamá, quien compartió un proyecto curatorial sobre la magia y la cocreación de proyectos colaborativos. Estas experiencias tejen infraestructuras vivas y en constante reconfiguración, como un mazo de tarot que establece relaciones entre participantes, curadorxs, público y contexto. Aprendí que la curaduría también puede ser hospitalidad y pausa, un espacio para desacelerar y resistir al burnout colectivo.
Por último, la cocina como metáfora, de la mano de la mexicana Sofía Olascoaga, nos llevó a poner el cuerpo en la curaduría mediante la práctica culinaria: materia prima, coordinación, preparación, disposición para compartir y registro. La cocina se volvió pedagogía del cuidado y de la soberanía. Curar es también cocinar, digerir, acuerpar lo investigado y devolver resistencia frente a la mercantilización cultural. Esa imagen me acompañará siempre: la curaduría como un banquete compartido, donde cada ingrediente es indispensable.
Participar en todos los encuentros me permitió nutrirme de múltiples perspectivas. Ese mes intenso cambió para siempre mi percepción sobre lo que significa ser curador/a y cómo realizar proyectos desde las exigencias del contexto costarricense.
El programa superó la propuesta de aprendizaje para convertirse en un espacio de conexión cultural, inexistente en Costa Rica, que además integró voces centroamericanas. Considero vitales estos espacios, pues en nuestro país no existe una profesionalización clara de vocaciones como curadores o conservadores. Es igualmente urgente entender la curaduría como una práctica situada en Latinoamérica, capaz de construir memoria y responder a las exigencias del contexto.
Curanderxs: resonancias de un territorio compartido (Ericka Martin/Cortesía satisFACTORY)