Por: Roberto García H. 21 febrero, 2015

Al final de la década de los 60, yo era un colegial pobre e indocumentado, como la mayoría de los adolescentes de mi barrio guadalupano. Ahorraba las monedas que me daba mi padre para los recreos, con tal de completar en la semana los dos colones con setenta y cinco céntimos que costaba la revista argentina El Gráfico.

La vendían en La Casa de las Revistas, al costado oeste de la cuadra donde ahora se encuentra la Plaza de la Cultura. Cada sábado, a media mañana, viajaba en bus a San José con María Gabriela, mi hermanita menor, quien tenía unos dos años. Apenas pagaba la revista, me dejaba embriagar por el olor de sus páginas, un aroma de papel por estrenar, cada vez inédito, lleno de crónicas, entrevistas, semblanzas, fotografías y relatos a todo fútbol.

Luego, con el resto del ahorro, caminábamos por la Avenida Central hasta un café que se llamaba El Prado, sobre la avenida, cerca de Columbia y Monumental. Ahí servían el mejor café de San José. De tanto vernos, la señora que nos atendía sabía de antemano nuestro menú: un café negro, una tostada y una copa de helados para María Gabriela.

Leía El Gráfico con genuina emoción. Permanecíamos una o dos horas en aquella soda josefina; yo, inmerso en cada página; Gaby, dormida en mis regazos, con sus chorretes de helado en su carita y en las manos. Las entrevistas con Antonio Roma, Roberto Perfumo, Antonio Ubaldo Rattín, los hermanos Daniel y Ermindo Onega; Luis Artime y Hugo Gatti, me transportaban al fútbol emocionante de ese gran país suramericano, que de por sí admiraba por sus artistas de la época, como Palito Ortega, Yaco Monti y Leonardo Favio.

La lectura de El Gráfico me inclinó a un oficio que, desde la niñez, sabía que iba a escoger como una de mis formas de vida. Procuraba absorber las crónicas, entrevistas y reportajes que firmaban Ernesto Cherquis, Osvaldo Ardizzone, Julio César Pasquato (Juvenal) y otras plumas legendarias de esta publicación, que se edita desde 1919. El Gráfico salía los martes en Buenos Aires. A San José llegaba unos días después y yo esperaba hasta el sábado, para tomar de la mano a mi pequeña Gaby y abordar el bus, desde el “lejano” Guadalupe, hasta el centro de la capital.

Vida simple, vida plena.

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