Por: Roberto García H. 29 abril

En varias oportunidades he narrado reminiscencias de infancia y fútbol en la calle donde nací, al norte de la iglesia de ladrillo en San Francisco de Goicoechea. Nuestra casa de madera se asentaba en la cima de un potrero y el sol vespertino filtraba sus rayos entre la arboleda de la hacienda Tournón.

Ese barrio, de una sola calle, persiste en mi memoria como el mítico Macondo de García Márquez. Aunque, a diferencia del caluroso lar literario, soles tibios, bruma y llovizna bañaban el barriecito y el trajín de mis sempiternos fantasmas. En el potrero pastaba el ganado entre semana, pero el domingo había fútbol. Entonces, tempranito, los jornaleros instalaban marcos de madera, cal y redes blancas que transportaban en sus carretillos.

Ahí actuaban muy buenos equipos y figuras del balompié distrital: Álvaro Pulín Cascante, fino mediocampista, quien emergió del León a Alajuelense, a Cartaginés y a la Selección Nacional; el arquero Franklin Múcura Corrales, los hermanos Chaves Lizano y los legendarios Cuzo, Tamba y Semilla del San Miguel que ascendió años después a la Primera. En la portería del Rangers destacaba Raymundo, zapatero y discípulo de Fray Casiano de Madrid, pues, mire usted, las sandalias del santo de las arenas también transitaron en un corto periodo por mi callecita de piedra.

Con las Águilas Blancas jugaba Franklin Ávalos Segura, un escurridizo extremo izquierdo que sabía driblar al borde de la línea de cal y cabecear con la potencia de Alexis Goñi, gloria del Cartaginés, tanto que así le apodaban (Goñi). Cuando lo conocí en la edad adulta, don Franklin se convirtió en uno de esos amigos que nos deparan las añoranzas y el fútbol. Analítico, curioso y festivo, admiro de este viejo entrañable (es mucho mayor que yo) su habilidad para enhebrar risas y anécdotas, su forma de relacionar el pasado con la actualidad, así como la sabiduría de personas tan sensibles como él.

Este padre y abuelo es un forjador que sacó adelante a su prole a punta de trabajo honrado. Y aunque usted no lo conoce, escribo de él con la certeza de que todos sabemos de seres como don Franklin Ávalos, maestros de vida para quienes no hace falta mayor riqueza que la ocasión de disfrutar con lo cotidiano, y compartir el ritual de una taza de café.

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