Por: Roberto García H. 17 febrero

El jueves de esta semana, en un pasaje del partido entre Real Madrid y Nápoles en el Santiago Bernabéu, “lleno hasta la bandera”, como decíamos antes, la televisión captó a Diego Armando Maradona mirando el juego de ida de la Champions League, con la victoria del equipo merengue, 3-1 sobre la divisa italiana que defendió el astro argentino, en una de las etapas más brillantes de su extraordinaria trayectoria futbolística.

¿Y qué?, preguntará usted. Pues nada. Simplemente, la imagen televisiva me hizo reflexionar en torno a la dimensión universal del fútbol. En esa noche del mítico Bernabéu, coincidieron dos niños. En el palco, el Cebollita de Villa Fiorito; en la portería local, el chico tímido de Pedregoso.

Cuando la tele enfocó a Maradona, el centinela de las redes blancas ya había sido sorprendido en los cordeles por Lorenzo Insigne. Sin dilación, el ojo electrónico alternó en primeros planos el festejo italiano y el lamento de Keylor Navas, mascullando el “gol malo” que se acababa de comer. Después, aunque la feligresía madridista respaldó con su aplauso al nuestro, la prensa española se prodigó señalándolo, nada más porque el periodismo de aquellos lares no concibe que un sudaca (término despectivo español hacia los latinoamericanos), sea el amo y señor del arco en el equipo más famoso del orbe. Además, es una verdad de Perogrullo afirmar que, desde que se inventó el balompié, el arquero es el último bastión y no hay perdón para él, hasta que vuelva a volar y resuelva con sus reflejos eso que llaman situaciones límite.

Creo en la expresión de que cada quien es arquitecto de su destino. De modo que no pretendo aquí cuestionar al Pelusa en su vida privada, pero sí reconocer –¡y celebrar!– que ni las luces ni la fama han hecho mella en la integridad de un costarricense que nos representa con dignidad y certifica, con su indoblegable estirpe, que únicamente el afán y la disciplina férrea dan consistencia y trascendencia.

Bueno, ¿y qué? Insistirá usted. Pues nada. Sencillamente, me dio por imaginar que, quizás, reflexiones similares habrán cruzado por la mente del Cebollita de las leyendas al observar, desde el palco principal, al reservado chico tico que lucha, triunfa, cae. Y se levanta cada vez.