Opinión

Una perspectiva constitucional del islam

Actualizado el 07 de octubre de 2014 a las 12:00 am

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Una perspectiva constitucional del islam

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El mundo islámico vive una encrucijada. Por una parte, el camino que representa el fenómeno de la Primavera Árabe, expresión que refiere a la revolución social ocurrida en años recientes. Allí, muchos de sus activistas aspiran a la conquista gradual de una cultura de paz y respeto. Por el contrario, el otro camino es el del integrismo. Este último aspira, por la vía de la violencia, a una radicalización de la cosmovisión islámica y es promovido por diversos movimientos: algunos, chiitas como el Hezbolláh; otros, sunitas, como Hamás o el ISIS (Estado islámico de Irak y el Levante).

Ahora bien, aunque no podemos tener certeza respecto de si alguna tendencia se impondrá pronto, es necesario comprender los elementos fundamentales de la cosmovisión islámica y el porqué de su radical distancia en relación con nuestra propia cosmovisión. La respuesta que debemos anotar para comprender la antinomia entre la cultura musulmana y la nuestra es que aquella carece del fundamento que nos permitió a los occidentales construir el concepto constitucional de gobierno limitado.

Gobierno limitado. Por las razones que expondré de inmediato, la diferencia esencial radica en el concepto de “gobierno limitado”, que solo resulta natural a quienes hemos sido criados en la civilización judeocristiana. ¿Por qué? La idea de división entre el reino terrenal y el espiritual fue concebida únicamente por la teología cristiana, derivada del precepto que mandaba “dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (S. Lucas 20:25). Lo que tal concepto espiritual implica es que, dentro de cada persona, hay un ámbito de conciencia y de libre albedrío que, como si fuese un santuario, debe estar resguardado y ser ajeno al control político.

Las autoridades terrenales –no importa cuán poderosas sean– no pueden usurpar la autoridad que legítimamente solo pertenece a Dios. Este es el origen u embrión del concepto constitucional del gobierno limitado. Por el contrario, al igual que lo hacían los Césares del mundo occidental anterior al cristianismo, Mahoma fue un gobernante que integró todas las esferas de la vida social. Sustentados en tal precedente, los gobernantes de los imperios islámicos –como el Otomano u Omeya– se consideraban obligados a imponer el islam por la fuerza en las tierras conquistadas.

Esta cosmovisión cultural totalitaria se desarrolla con fuerza desde el siglo siguiente a la muerte de Mahoma. Los musulmanes socialmente influyentes escogían, validaban y, en gran medida, creaban lo que ellos denominaban “tradiciones” o hadiz. Además, echaban mano de ellas para promulgar leyes islámicas que son conocidas como sharias , y que cubren toda exigencia concebible de la vida. Eso, hasta desarrollar un totalitarismo cultural que, aún hoy, buena parte de los musulmanes considera que debe imponerse al mundo.

De ahí que, como señala el historiador Bernard Lewis, en los idiomas islámicos clásicos –como el árabe clásico– no existen los conceptos dicotómicos de “secular-religioso”, “laico-eclesiástico”, “temporal-espiritual”. Esto se debe a que dichos pares de conceptos son inexistentes en la cosmovisión islámica, pues representan un valor filosóficamente plantado e irrigado solo por el judeocristianismo, y ampliamente desarrollado por sus propios pensadores, como San Agustín de Hipona.

Línea divisoria. Si bien es cierto que los pensadores clásicos de la Ilustración posteriormente reelaboran e impulsan la teoría de separación Estado-Iglesia, este es un concepto que nace de la teología cristiana. Aunque, durante siglos, el poder estatal y la Iglesia cristiana pugnaron por definir dónde trazar la línea divisoria entre esas dos esferas de influencia, ambos coincidían en que la línea divisoria existía. Así, pues, la idea moderna de gobierno limitado es una derivación de la noción cristiana de que existe un espacio en la conciencia humana que está fuera del límite del control estatal. Una distinción fundamental que es propia de la base cultural de nuestro hemisferio, e inexistente en el Oriente por siglos.

Para los que crecimos en nuestra cultura constitucional, si el Estado invade el territorio reservado para el dominio privado de la conciencia, lo hace sin legitimidad. De ahí, el error y fracaso final de iniciativas como las Cruzadas o la Inquisición, que fueron concebidas a contrapelo de la ideología genuina del evangelio. Esos intentos cayeron en el mismo vicio conceptual del islamismo. Por la fuerza, pretendieron imponer convicciones y conductas restringidas al ámbito de la conciencia humana. Sin embargo, con el concepto derivado de la frase evangélica “Mi reino no es de este mundo” (S. Juan 18:36), el judeocristianismo había sembrado en Occidente la concepción de que Dios decidió, por su propia voluntad y en resguardo de la libertad humana, autolimitarse en su dominio de la esfera terrenal. Por eso, la idea de que el dominio de Dios es el dominio de su Iglesia –y que existe un ámbito secular que opera externamente al control eclesial– es la verdadera simiente del secularismo.

Tolerancia religiosa. En fin, esta separación sembrada por la teología judeocristiana es una idea inaceptable para el islam. Por ser propia de los fundamentos ideológicos de la cristiandad, la idea de la tolerancia religiosa se terminó de consolidar constitucionalmente en los Estados Unidos, con la cláusula de establecimiento de la Primera Enmienda, aprobada con el apoyo de representantes pertenecientes a diversas denominaciones cristianas. Por eso, al ciudadano occidental promedio le parece inaudito que se asesine a alguien por no profesar la religión islámica. Se suma al análisis anterior la circunstancia de que el conflicto se ve insuflado por el hecho de que muchos de estos grupos integristas están dirigidos por mafias que acumulan fortunas a partir de la extorsión, el robo y el contrabando, lo cual nada tiene que ver con lo aquí expuesto.

En conclusión, entendiendo lo que existe en las mismas raíces de la cultura árabe, pareciera en vano el loable esfuerzo de algunos líderes de la Primavera Árabe –como Wael Ghonim o el desaparecido periodista Kareem Amer– que han luchado contra corriente promoviendo en el Oriente Medio los valores aceptados en nuestro hemisferio. Pero mi propia valoración es optimista. La semilla ya empezó a florecer en el mundo islámico, y, a largo plazo, creo que vencerá.

La historia del hombre ha demostrado que el único poder verdaderamente legítimo es el de la conciencia y el libre albedrío.

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