El mundo árabe debería estar publicando entre 10 y 20 veces más títulos de lo que hace hoy

 1 febrero, 2016

PARÍS – En La hybris del punto cero, el filósofo colombiano Santiago Castro-Gómez describe la declaración de René Descartes de 1637 “pienso, luego existo” como el momento en que los europeos blancos se erigieron por encima de Dios como los únicos árbitros del conocimiento y la verdad. Con este punto de inflexión, comenzaron a pensarse a sí mismos como observadores cuyos métodos científicos, valores morales y ética hacen caso omiso de los de otras culturas.

Los “puntos cero” culturales son importantes porque sirven como una línea divisoria –una clara demarcación de “antes” y “después” que tiene implicancias fundamentales para el desarrollo de la vida privada y pública–. De modo que vale la pena considerar las implicancias del concepto de Castro-Gómez para el mundo árabe.

Por cierto, se podría decir que gran parte de los problemas de la región se pueden atribuir a la falta de un “punto cero” endémico sobre el que pudiera basarse con firmeza una cultura moderna.

En La muchedumbre solitaria, el sociólogo norteamericano David Riesman identificó tres tipos culturales amplios: las culturas dirigidas hacia las tradiciones que miran a los rituales, la moral y los valores en busca de guía; las culturas introspectivas, en las que la gente se comporta de acuerdo con valores autoalimentados; y las culturas dirigidas hacia los demás, que reaccionan predominantemente frente a normas externas e influencias de pares.

El marco teórico de Riesman tiene una particular resonancia en el mundo árabe hoy, donde las crecientes tasas de alfabetización y los rápidos progresos en materia de tecnología de las comunicaciones han provocado un torbellino de narrativas culturales en conflicto. Así las cosas, sus tres tipos culturales compiten por definir el futuro de la región.

Irónicamente, la combinación de una mayor alfabetización y la tecnología moderna es lo que está avivando las llamas del conflicto entre los dos tipos de “reformadores”, los predicadores religiosos y los modernizadores orientados hacia Occidente.

Los dos campos sacan ventaja de su capacidad para producir en masa e instantáneamente diseminar textos religiosos antiguos y literatura originada en Occidente, y así compiten por los corazones y las mentes de sociedades por lo demás tradicionales. Sin embargo, según el editor libanés Samar Abou-Zeid, los libros religiosos están entre las obras literarias más descargadas en el mundo árabe.

El problema es que la mayoría de los textos religiosos que se consumen hoy en el mundo árabe están dirigidos a una audiencia de especialistas que ya no existe y, como advirtió Riesman, suelen estar mal interpretados. La gente y los tiempos para los que fueron escritos estos textos son completamente diferentes de la gente que los lee hoy.

Los musulmanes devotos, por supuesto, tienen su propio punto cero: el año 610, cuando el ángel Gabriel reveló el primer verso del Corán al profeta Mahoma. Desde entonces, muchos musulmanes se han considerado a sí mismos como los portadores de una verdad justa y una visión moral que tiene precedencia por sobre todas las demás.

Esto ha enfrentado inevitablemente a los predicadores religiosos y al segundo tipo cultural que disputan por la preeminencia en el mundo árabe: los modernistas introspectivos educados en Occidente que tienen a la declaración de Descartes como su punto de referencia.

Estos árabes –muchas veces la élite económica– leen, admiran y consumen productos de una cultura que, a pesar de su compromiso proclamado con los “valores occidentales”, sigue siendo mezquinamente eurocéntrica y dominada por la tradición intelectual cristiana. En consecuencia, cada vez es más probable que se sientan como exiliados tanto en su país como en el exterior.

Podría decirse que el último tipo de cultura árabe, la que mira hacia afuera, es el más dominante: aquellos a quienes Riesman habría llamado la “solitaria muchedumbre árabe”. Libres de raíces o tradiciones, se refugian en la superficialidad de los conflictos que los rodean y buscan satisfacción en el consumismo, las carreras y los estilos de vida. Su punto cero es la última novedad o la última moda.

Esta turbulencia cultural se debe –al menos en parte– a la ausencia de una tradición intelectual local y contemporánea capaz de ofrecerles a las sociedades árabes una brújula interior basada en valores locales y perspectivas modernas. Este vacío cultural se hace más evidente en la disparidad entre los hábitos de lectura de la región y la respuesta de su industria editorial.

Los egipcios, por ejemplo, leen un promedio de 7,5 horas por semana, comparado con cinco horas y 42 minutos en Estados Unidos. Pero en el 2012, según Abou-Zeid, todo el mundo árabe y sus 362 millones de habitantes produjeron poco más de 15.000 títulos, lo que los coloca en la misma liga de Rumanía (con una población de 21,3 millones), Ucrania (45,6 millones) o el editor norteamericano Penguin Random House.

Para mantener una relación similar con la población, el mundo árabe debería estar publicando entre 10 y 20 veces más títulos de los que publica hoy.

El dominio de los textos religiosos antiguos y las obras producidas en Occidente han polarizado a los lectores árabes modernos, sin un punto cero propio.

Es irónico que una mayor alfabetización y la adopción de tecnología moderna hayan contribuido ya no al crecimiento intelectual sino al conflicto regional.

Tal vez no sea una coincidencia que el Líbano, uno de los primeros países de la región en fomentar las tasas de alfabetización, también fue el primero en caer en una guerra civil.

A menos que las sociedades árabes y musulmanas redescubran, revitalicen y, en algunos sentidos, creen su tradición intelectual local y contemporánea, el resultado será una deriva cultural o, peor aún, la continuación de un conflicto civil sangriento.

Sami Mahroum es director de la Iniciativa de Innovación y Políticas en la Insead. © Project Syndicate 1995–2016