3 marzo, 2015

Mi querida amiga Yalena de la Cruz y yo pensábamos tomarnos un café una tarde de estas en algún reducto josefino que no suscite el chismorreo de “las alegres comadres de Windsor”. Hemos debido reconsiderar este peligrosísimo gesto. Ahora resulta que ninguna pareja debe reunirse en Giacomin –¡no por lo menos para un café, quizás sí para un chocolate o una gaseosa!– a menos de que presente un acta matrimonial que acredite su condición de cónyuges, avalada por todas las autoridades eclesiásticas del país y certificada por un concilio vaticano que será creado exclusivamente para emitir tales documentos.

¡Tuba mirum spargens sonum! No, amigos y amigas, esta no es una película de Buñuel; es la realidad de nuestro país. La “Moderna Santa Inquisición del Iluminado Injusto Odiozco y sus Inmarcesibles Discípulos” (MSIIIOID) ha emitido una nueva encíclica, la Splendor cafetines . Ninguna mujer casada debe reunirse a tomar café con hombre alguno que no sea el esposo. Si el café es vespertino, el pecado movería a los hierofantes de la moral pública a la misericordia, y quizás la exoneren de la lapidación. Si es nocturno, ambos miserables serán quemados con leña verde en una pira pública. Odiozco y sus illuminati , enfundados en mantos inescrutables, cantarán el Dies irae “a cappella”, en el más severo estilo gregoriano, y ejecutarán danzas rituales en torno a las concupiscentes criaturas que compartieron –¡colmo de la salacidad!– un café público. Un preste de mirar adusto y armado de tremebundo báculo entonará el Malleus maleficarum , y la lectura de los cargos será pronunciada en el latín de Torquemada, Savonarola, Pedro de Arbués y Bernardo Gui. El autodafé ( actus fideis ) será oficiado con todo el dramatismo del caso: una escenificación litúrgica que, a falta de las mazmorras de Toledo, tendrá lugar en la fuente de la Hispanidad. La ceremonia será rubricada por el fragor de las trompetas del juicio final: ¡ Tuba mirum spargens sonum !

¿Crimen cafetus? Pero recuerden, amigos y amigas: la Iglesia Odiozco tendrá clemencia con las lubricidades no motivadas por el café, y posiblemente absolverá a quienes, de ser arrastrados en la vorágine de la carne, no cometan su crimen amoris (¿crimen cafetus?) en Giacomin. Los habitués de los peores lupanares josefinos serán objeto de benevolencia, ¡pero no quienes frecuenten ese abyecto foco del pecado y la disolución! ¡Vade retro, Giacomin! Los venerables arciprestes procederán, luego, a rociar con su agua absolutoria los tostelitos de la pastelería, balancearán sus incensarios sobre las mesas y grabarán sobre las puertas del averno repostero: Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate.

¡Todo menos café! Así que Yalena y yo hemos decidido efectuar nuestra sórdida orgía cafetera en otro lugar. ¿Dónde? Es cosa que no podemos revelar: las huestes de Odiozco y sus divinos alucinados podrían hacer arder el café en una sola abrasadora llamarada, cuyo humo sin duda dibujará en el cielo el signo de una cruz invertida y sugerirá el rostro mismo de la Bestia. Como no queremos ser inmolados en el sacro fuego que salvará nuestras almas, al precio de infligirnos alguna molesta quemadura, hemos decidido actuar clandestinamente. Yalena usará una burka y yo probablemente me cuelgue las gafas de James Bond, y pida un martini, shaken, not stirred. ¡Todo menos café! El bebedizo en cuestión tiene -tal parece- la propiedad de desatar hormonales marejadas en quienes lo consumen, pero solo en La Isla de la fantasía… o en Costa Rica, que es debidamente insular y sobradamente fantástica.

Ridi Pagliaccio . ¿Intentó el Gobierno apaciguar a una procuradora “no colaboracionista” con un menú de embajadas a la carta? No lo sabemos, y nadie debería emitir juicio hasta que los hechos no sean esclarecidos. Ese no es, por lo tanto, el punto. El punto es la improcedente impugnación del discípulo-diputado de la Iglesia Odiozco: el horror de que “una mujer casada se reúna a tomar café con un hombre que no es su marido”. ¿Qué decir? ¿Qué hacer? ¿Reír? Sí, esa es una opción, supongo. Lo que pasa es que la risa de los costarricenses ha ido asumiendo con los años un rictus doliente, crispado y tetánico. Ya es la mueca de la carcajada, sin el sentir que la sustenta. Una risa que nos colgamos del rostro y hace las veces de antifaz -lo que, justamente, no es la faz-. Triste, muy triste risa. Ridi pagliaccio … donde todos somos el infortunado Canio.

Sansón y Dalila. Del sumo pronunciamiento odiozcópico infiero que la falta recae sobre la mujer: el hombre no fue más que la víctima del fatídico cepo tendido por “esa víbora dorada que se arrastra en el fango y se cree ignorada” (Vigny). ¿El señor de marras? ¡Ese es un mártir canónico de la cristiandad, Sansón enmedusado por la pérfida Dalila! Lo que debió haber sido abordado como una irregularidad política de la mayor gravedad, se convirtió en un festival del sexismo, la derogación de las mujeres, la satanización inmemorial de la fémina, el juicio asimétrico, la maza que la aplasta a ella y lo deja a él como no más que un funcionario inexperimentado, carne de cañón político, el bumper que debía absorber el impacto destinado a quienes lo mandaron al frente de batalla. ¿Quién es el ventrílocuo que acciona la marioneta? ¿Quién es la voz detrás del muñequito? ¿Qué es Costa Rica? ¿Una parodia de novela policial a lo Conan Doyle o Agatha Christie? ¿Un sainete o esperpento de Valle-Inclán? ¿Un vaudeville? ¿Una ópera bufa, con sus rossinianos personajes que gesticulan y bailan en escena? ¿Un reality show? ¿Una telenovela venezolana?

Disciplina clericalis. Por lo que a Yalena y a mí atañe, pues ahí les contaré. Hemos considerado ir a celebrar nuestro café en Ámsterdam, lejos del ojo del Gran Inquisidor dostoyevskiano. Es nuestro entender que ahí las torturas para los fornicarios cafeteros son ligeramente más benévolas. Entretanto, amigos y amigas, cultiven la temperancia, y no permitan que los tsunamis de pasión desatados por la ingestión de café en Giacomin los condene al suplicio de Paolo y Francesca en la Divina comedia . A lo sumo, un sorbito por aquí, una galletita por allá… y tan pronto el deseo comience a escocer sus débiles carnes, sométanse a la más rígida disciplina clericalis : cilicio, ayuno y autoflagelación. Ahí me cuentan cómo les va.

El autor es pianista y escritor.