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Recuerdo a un comentarista literario que se lucía mencionando a Monterroso, pero se limitaba a repetir una y otra vez su cuento más breve, al punto de convencernos de que eso fue lo único que leyó de don Augusto

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La brevedad de esta columna no aconseja temas polémicos, como el de los consensos políticos sobre el trasquilado sin que las ovejas se enteren del asunto. Pese a ello, nos arriesgaré a escribir sobre un autor comprometido al que se le acusa falsamente de ser demasiado leve: el centroamericano Augusto Monterroso. Obligado por los avatares de la política imperial a pasar gran parte de su vida fuera de Centroamérica, fue artífice del aforismo y del cuento breve, pero él mismo insistió en declararse esencialmente ensayista, y nada leve por cierto. Para confirmar esto, bastaría con leer toda su obra, que no es vasta, dado que él optó por contribuir a la conservación de los bosques dándole mayor énfasis a lo sustancioso que a lo voluminoso. Mal ejemplo para quienes, publicando farragosamente, terminan trabajando para la industria del reciclaje de papel.








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