Por: Andrea Rodríguez Valverde 15 noviembre, 2015
Un día en el mismo espacio
Un día en el mismo espacio

¿ Qué se necesita para ser feliz? “Estar vivo”, responde Jorge, uno de los privados de libertad que está llevando el curso de respiración en centros penitenciarios. La respuesta rebota en el silencio de un pasadizo de paredes grises y se detiene en la cabeza de muchos presentes.

Los zapatos de los 12 participantes reposan uno encima de otro, a lo lejos. No hay distinción entre las tenis rosadas de dos voluntarias y otras de colores más varoniles. Parece que los perjuicios se quedaron fuera.

La distinción no existe tampoco en el espacio compartido. Estamos sentados en el suelo y la lejanía de los zapatos supone pulcritud. Pulcritud en medio de una alfombra con polvo. Pulcritud en medio del ruido y los olores que invitan a la distracción.

Ejercicios de yoga marcan el inicio de la sesión, y acaban con la seriedad que supone ingresar –una puerta tras otra, un piso tras otro– a un espacio donde el contacto con el mundo exterior se reduce a nosotros.

A pesar de no tener una idea clara del curso que van a recibir, los privados de libertad no se quejan, no preguntan, no interrumpen. “Vamos a ver si aguantamos el ácido”, se escucha entre murmullos.

Pareciera que confiar al 100% será la tónica en la invitación a aprender a manejar las emociones.

Saltos, lagartijas y saltos de nuevo, los sumergen en un mundo de un reto físico que parecen disfrutar al máximo. El gesto de relajación de sus caras es la consecuencia inevitable.

“Creemos en el ser humano. Soy muy optimista en que este tipo de actividades pueden hacer la diferencia”, dice Reynaldo Villalobos, director de Adaptación Social.

La temperatura sube y con ella el recuerdo de que no tenemos tanta ventilación en un espacio donde compartiremos por unas tres horas.

Es momento de seguir instrucciones. Se nos pide cerrar los ojos, relajar el cuerpo y acostarnos. Me hubiera atrevido a apostar que no los llegaría a observar casi dormidos y con el cuerpo sin esfuerzo alguno. Era yo quien luchaba contra la inquietud.

Las intervenciones estilo charla se turnaban con esos espacios. El curso resultó ser más dinámico de lo que muchos pensamos.

Algunas preguntas eran lanzadas al aire y contestadas con una naturalidad que paraliza. “¿Cuándo vas a ser feliz?”, sigue la instructora. Cada uno pareciera contestarse así mismo con la mirada perdida en la pared.

Posturas de respiración se hacen presente en una rutina de cinco días. Ellos se esmeran por seguirla con detalle. “Ya como que se empieza a sentir un cambio en la mente, como más tranquila”, se deja decir otro participante.

De no ser por el custodio que nos acompaña a lo lejos, me olvidaría por completo de que solo cuatro de nosotros saldremos de aquí en unos minutos.

Nos exigen espalda recta; la técnica principal está por venir. Los cuerpos distendidos, las manos relajadas, los ojos cerrados. Treinta minutos más tarde, o quizás veinte, las experiencias de la práctica son relatadas con asombro: “yo sentí que estaba fuera de aquí”. “Me desconecté por completo y andaba libre por todo lado”. “Sentí que tenía una vida normal”.

“¿A qué hora es la sesión de mañana?”, preguntan mientras entregan el gafete con su nombre y agradecen el espacio. Pero Marcos, con un poco de problemas de movilidad, se retira de la sesión con una frase contundente: “No tengo ganas de suicidarme”. Hay un silencio respaldado por sonrisas que no necesitan muchas palabras.

Así terminó el encuentro del tercer día.