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Opinión: El timonel no tiene quien le escriba

Actualizado el 14 de julio de 2017 a las 09:01 pm

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Alguna vez escuché decir a Gabriel García Márquez que el tema central de su obra literaria es la soledad, que no había hecho más que escribir cuentos y novelas que confluyen en la patética condición del ser humano cuando se queda sin afectos, sumido en el laberinto de la incomprensión.

El coronel no tiene quien le escriba narra el drama de un viejo excombatiente a quien la carta aprobatoria de su pensión de guerra tarda tanto en llegar, que la última esperanza de aplacar el asedio de su mujer y el hambre que les retuerce las tripas, es un gallo de pelea. Tomo el atrevimiento de parodiar el título de la novela del sempiterno escritor de Aracataca —oh, herejía— con el destino fatal de los entrenadores, directores técnicos, profes o estrategas, llámelos usted como quiera. Ungidos por la prensa y aclamados por multitudes cuando se les designa, conforme las victorias escasean, se van quedando solos.

Y es que de fútbol, conocemos todos. Esa es la tirada de Óscar Ramírez, quien diseña los hilos de la estrategia y las acciones tácticas de nuestra flamante Selección Nacional, la de los legionarios y mundialistas. Al igual que muchos de sus antecesores en el banquillo tricolor, a Ramírez la flauta no le suena bien en la, hasta la fecha, esquiva Copa Oro. La consecuencia gradual es que, inexorablemente, nuestro timonel pierde estabilidad y respaldo.

Terco que es el Macho. Con lo simple que es el fútbol y lo fácil que los demás lo vemos. Que sus permutas son cambios de nombres y no estratégicas. Que su libreto es ultradefensivo. Que insiste con Fulano e ignora a Sutano y a Mengano. Que abusa al jugar por dentro y no por fuera. O viceversa. Que si contra Canadá se hicieron 18 remates, ¿por qué solo uno entró? Que está ciego al no distinguir las falencias del conjunto que, a la legua, notamos todos.

Al final de El coronel no tiene quien le escriba, en la tensa y agobiante espera por la pelea de gallos, última apuesta del coronel, desesperada, la mujer socollonea a su marido y reitera la pregunta: Y mientras tanto, qué comemos. Dime, qué comemos… Entonces —describe García Márquez— el coronel se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder: —Mierda.

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