Por: Víctor Hurtado Oviedo 18 noviembre, 2012

Sherlock Holmes ignoraba que la Tierra gira alrededor del Sol, según nos cuenta Sir Arthur Conan-Doyle en la novela Estudio en escarlata . Ya por su cuenta, el ameno doctor Watson añade: “Se me antojó un hecho tan extraordinario que apenas podía creerlo”. Es verdad que Holmes era muy extraño y que Salvador Dalí habría podido aconsejarle que no fuese tan excéntrico; sin embargo, la ignorancia de Holmes puede explicarse fácilmente.

A simple vista, el Sol parece girar alrededor de la Tierra, y esta aparenta ser plana y no rotar sobre su eje (o sea que no tendría eje): no hay modo fácil de probar lo contrario; en la práctica , es igual. Si uno navega siguiendo las estrellas o si se pone romántico por la Luna, da lo mismo qué gira en torno de cuál.

Subida esa indiferencia a las alturas de la filosofía, se nos aparece el relativismo radical ; o sea –como lo define Mario Bunge–, la ausencia de verdades y valores objetivos y universales, que pueden ser éticos.

De vuelta al Sol, anotemos que el filósofo Constantino Láscaris formuló una paradoja indefendible cuando sostuvo que pueden ser verosímiles las hipótesis del heliocentrismo y del geocentrismo, pero que la idea del heliocentrismo es más plausible pues es más sencilla ( Fundamentos de filosofí a, p. 37).

No es así; lo que importa es la verdad objetiva, externa a nuestros deseos; y solo los métodos científicos nos regalan esa verdad.

Tras la muerte de Galileo Galilei, en 1642, solía discutirse si realmente había demostrado el heliocentrismo, o si lo que valía era la teoría-mezcla de Tycho Brahe, para quien los otros planetas giran alrededor del Sol, pero todos, juntos, dan vueltas a la Tierra. Esta duda se resolvía pensando que era más fácil que, dotado de un cordel, un elefante hiciera girar a una hormiga, que lo contrario.

La historia de la ciencia no cita mucho a un precursor teórico de Copérnico y Galileo, el cardenal germano Nicolás de Cusa (1401-1464). Él fue un diplomático del Vaticano y un filósofo notable, de modo que el dedicarse a la política no siempre salva de pensar profundamente.

El Cusano postuló un universo infinito, sin centro, poblado de innúmeros planetas y estrellas, con la Tierra móvil y centro de nada.

El universo debía ser imperfecto pues Dios no podía compartir su perfección con sus creaciones ( vide el artículo de Gerardo Mora Burgos Nicolás de Cusa en la Revista de Filosofía de la UCR , n.° 34).

Nicolás de Cusa no aparece en el ensayo de Jorge Luis Borges La esfera de Pascal , donde enumera los autores que coinciden con esta idea panteísta e inquietante del Cusano: Dios es una esfera cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia está en ninguna.

Con intuición, con meros silogismos de aire, Nicolás de Cusa derribó el castillo de humo de la astronomía aristotélica y presagió la ciencia. Sí, hay intuiciones geniales, pero solo cuando hay genios.

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