Por: Víctor Fernández G. 3 agosto, 2014

Yo soy el primero en arrojarme a la hoguera de la ambivalencia: hace menos de un mes bien pude sacar plata de mi salario para financiar el monumento a Jorge Luis Pinto que el 90% de los costarricenses habríamos aceptado, sin chistar, se levantase en medio de la fuente de la Hispanidad.

Ahora, les soy honesto, a Pinto ya no lo quiero tanto. Al hombre no solo se le cayeron las medallas, sino que les bailó cumbia encima y las dejó ahí, olvidadas, en medio del caquero que armó en los salones del Proyecto Gol.

Eso sí, el poco elegante destape del secreto peor guardado en la historia del país terminó por confirmar que los ticos, aún en nuestros momentos de mayor gloria y alegría, siempre encontramos el modo de que el cierre sea a la vieja usanza de las vacas.

Y es que sí: no había terminado de poner la Sele los pies de vuelta en suelo tico cuando empezaron a circular versiones sobre la tensión del camerino. Versiones, ninguna confirmada, ninguna dicha en ‘on’, ninguna que permitiese al periodismo serio meterle el diente a un escándalo que, en medio de aquella borrachera de triunfo y hermandad nacional, sonaba tan inaudito como insoportable.

Jorge Luis Pinto, exdirector técnico de la Selección Nacional de Fútbol
Jorge Luis Pinto, exdirector técnico de la Selección Nacional de Fútbol

El primer indicio serio de que algo no andaba bien se dio en la entrevista que la Revista Dominical de La Nación publicó el 13 de julio con el sociólogo del equipo nacional, Jaime Perozzo. Ahí el colombiano tuvo palabras de admiración para todo el mundo, para cada una de las personas que formó parte de la delegación tica en Brasil... menos para aquel que lo trajo al país, su compatriota con el que lo unía una relación de más de 20 años. Eso sí, Perozzo criticó los “falsos mesianismos” con los que, según él, algunos pretendían apropiarse del mérito de una gesta colectiva. ¿De quién hablaba? Al buen entendedor, pocas palabras.

Una vez que Pinto reventó sus resentimientos ante los micrófonos ( vendiendo, horrible, a un Eduardo Li de guardia baja ), la prensa se volvió loca. Fue inevitable. Páginas y páginas se llenaron con el descargo de todos los excolaboradores del entrenador, liberados al fin del silencio y cuyos relatos sobre los maltratos de parte de Pinto dan para llenar un manual de cómo no manejar recurso humano.

Igual, otros tantos colegas han reclamado al cielo (o a Facebook) que no entienden cómo aquella guerra a lo interno de la Sele no se expuso antes, dado que ya el dique del secreto volvió de Brasil lleno de fugas. Yo, en lo personal, entiendo que el gremio de periodismo deportivo fuera cauto al extremo con el tema, más aún cuando (se suponía) las negociaciones con Pinto seguían abiertas. E insisto, hasta antes de la conferencia para el olvido, ninguno de los involucrados se había manifestado, con nombres y apellidos, sobre aquel novelón.

Pero bueno, ya ni modo: acharita , porque nos gustó mucho el Pinto. 1