Uno de los genios musicales del siglo XX, que inspiró a Elton John y a The Cure, padeció de severas depresiones que intentó superar con su adicción a los calmantes

 21 mayo, 2016
Página negra: Nick Drake, el cantante de la luna rosa
Página negra: Nick Drake, el cantante de la luna rosa

Ni reía, ni lloraba. Estaba muerto por dentro. Taciturno y sensible, a los 26 años se refugió en casa de los padres y –como un cangrejo– se metió en su concha psíquica y ahí rumió su fracaso.

Obtuvo una beca en la Universidad de Cambridge –Inglaterra– para estudiar filología inglesa. Se enamoró de la música y lanzó los estudios al arrabal.

Grabó tres discos antes de que su mente se perdiera entre el pentagrama, con una voz cautivadora, unas letras introspectivas y un virtuosismo como guitarrista.

Espigado, elegante, con una eterna cara de niño bueno, lo devoraba el perfeccionismo y detenía los conciertos para afinar la guitarra y encontrar la nota exacta.

Le fascinaba fumar cigarrillos Gauloises, pero lo único que calmaba su ansiedad eran los antidepresivos. Empezó con la aspirina y subió todos los peldaños del adicto, hasta que se atragantó con una sobredosis de amitriptilina, suficiente para dormir a una manada de dinosaurios.

Quienes toman esos fármacos –según los estudios clínicos– son más propensos a desarrollar tendencias suicidas. En dosis pantagruélicas la amitriptilina genera excitación frenética, intranquilidad, ataques de pánico, agresividad y es un boleto seguro al otro barrio.

Nadie sabe si Nick Drake tomó, por accidente, más tabletas de la cuenta o si decidió acabar con su desolación, con la pesadumbre que lo arrastraba lentamente a la tumba.

El malogrado artista inglés vino al mundo en Rangún –Birmania– que significa “lugar donde los peligros acaban”. Para el lector que gusta de las trivias, fue ahí donde Pablo Neruda conoció a Josie Bliss, la mujer pantera que le inspiró el Tango del viudo.

Rodney, el padre de Nick, trabajó como ingeniero en ese país del sudeste asiático, que se independizó de Gran Bretaña justo el mismo año en que nació el cantante, en 1948.

Con su madre, Molly, mantuvo una conexión psíquica muy íntima, puesto que los dos compartían el talento por la música; ambos respiraban un aire fatalista y melancólico. Ella lo animó a estudiar piano y lo alentó a grabar sus piezas, en un viejo magnetófono.

Para seguir la tradición familiar, a los nueve años lo enviaron al Marlborough College, un internado donde estudió el bisabuelo, el abuelo y el padre.

Estuvo enclaustrado cinco años y fue un atleta destacado en 100 y 200 metros planos; llegó a ser el capitán del equipo de rugby , pero sus pocos amigos lo consideraban “autoritario” y ensimismado.

Antes de los 17 años tocaba clarinete, saxofón, piano y quiso integrarse a una banda juvenil pero lo rechazaron. A esa edad comenzó a consumir marihuana, pasó al LSD, la heroína y probó los alucinógenos, para elevarse y estar en todas partes, como escribieron en su epitafio.

Poeta maldito

La generación de Nick Drake, los años 70 del siglo XX, estuvo marcada por las drogas, la ruptura social y la promiscuidad sexual. Será En el camino , de Jack Kerouac, la biblia de los “beat” donde el morboso podría atisbar una luz, para entender el aire romántico y bohemio que marcó la vida de Nick.

A los 21 años abandonó la universidad y se fue donde su hermana Gabrielle, para vivir de lo que se ganaba en los clubes nocturnos londinenses.

El padre intentó disuadirlo pero Drake vagabundeó en la capital inglesa; a veces –donde unos amigos– dormía tirado en el piso o en un sofá. Logró la fama de persona lejana y hermética.

Fue el productor Joe Boyd quien descubrió su talento y grabó su primer álbum, Five Leaves Left . Siguió con Bryter Layter y acabó con Pink Moon . Los expertos quedaron pasmados, pero el público apenas reaccionó a esa música estilo jazz , pop y folk ; las copias quedaban en las bandejas de las discotecas, entre las bandejas de remate.

Aborrecía las presentaciones en público, apenas soportaba las entrevistas y era incapaz de conectar con los demás. Gabrielle comentó: “Era muy reservado. Yo sabía que estaba haciendo un álbum pero no en qué etapa de producción estaba, hasta que entró a mi habitación y dijo: ‘Ahí lo tienes’. ¡Lo tiró en la cama y se fue!”

Estos fracasos lo hundieron en la ansiedad e insomnio, al punto que dejó de escribir canciones y consideró unirse al ejército, como si fuera un Beau Geste de la música, que se va a la Legión Extranjera para huir de su pasado.

La familia lo llevó al psiquiatra y este le recetó antidepresivos. Nick sentía vergüenza de tomarlos; como era un “habitué” de la marihuana, le daba pavor por los efectos secundarios de esa mezcla.

Retornó donde sus padres y medio vivió con las 80 libras esterlinas mensuales que recibía de Island Records, por la misérrima venta de sus discos. Sin dinero, no podía ni comprar un par de zapatos.

Un amigo, Robert Kirby describió su rutina: “Llegaba y no hablaba, se sentaba, escuchaba música, fumaba, bebía algo, dormía ahí la noche y dos o tres días después no estaba, se había ido. Y tres meses después volvía”.

Al mediodía del 25 de noviembre de 1974 Molley entró a la habitación para despertarlo. Estaba muerto.

A su lado hallaron una carta para Sophia Ryde, con quien sostuvo un remedo de romance; uno de los conciertos de Brandemburgo – de Bach– sonaba aún en el tocadiscos.

Le dejó un libro a su mamá: El mito de Sísifo . Nick Drake se cansó de subir por la montaña de su existencia, sin esperanza de llegar a la cima.