Byron Espinoza

 29 junio, 2014

Se sabe que soñamos e imaginamos desde mucho antes de empezar a hablar, meses antes de ver la luz, en un universo hecho de ruidos y temperaturas cambiantes en el vientre materno. Entre sueño y sueño, a través de nuestros seres cercanos, comienzan a penetrar las palabras, hasta que llega el día en que esos signos y sonidos se vuelven propios, entendemos y pronunciamos. Por fin podemos soñar e imaginar desde nuestros términos, darles alas, convertirlos en nuestra vida por descubrir.

Imagen sin titulo - GN
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En ese sentido, nuestro primer contacto con la lengua es poético: damos forma al mundo y a nosotros mismos a través de nuestras canciones, historias o preguntas al ritmo de lúcidas fantasías, guiados por la lógica rigurosa de que en ellas todo es posible.

El poemario Escondite , de Byron Espinoza, nos conduce a ese tipo de conciencia, a esa alerta renovada de uno mismo, su entorno y su memoria a la hora de leerlo.

Sus primeros poemas nos reciben con un aroma de vuelo y verdad que es apenas un boceto que poco a poco se convierte en un aire mágico poblado con seres de todo tipo (hadas, duendes, ángeles, leopardos ígneos, armadillos voladores) listos para ser nuestros compañeros de juego.

Luego se añade la música, y, con ella, el eco de esa alabanza con la que alguna vez recibimos hasta las cosas más pequeñas. No es difícil imaginar la voz de un padre o una madre que susurran una canción de cuna o explican el mundo a una criatura con ojos brillantes de curiosidad.

Texto a texto comprobamos que sus palabras tocan fibras largamente dormidas en nuestro ser, en las que se unen la nostalgia por la propia niñez y una nueva valoración de lo que significa ser niño o niña en cualquier época.

Vamos acordando que ese modo de vivir solo muere realmente cuando se pierde la capacidad de asombro; por suerte, este libro, Escondite , nos asombra con sus imágenes, con su ternura, con una franca naturalidad.

Dudo de que algo de lo que yo escriba le hará justicia a lo feliz de esta lectura cómplice, la cual nos invita a sonreír, jugar e inventar mientras hace coro con nuestros primeros recuerdos, repoblando el júbilo de existir sólo porque sí.

Las virtudes formales del poemario son algo fuera de lo común en el ambiente literario de la Costa Rica de hoy. Es un trabajo pulido, de extensiones justas, lenguaje de profunda transparencia y sincera calidez: nada más lejos (por ello doy gracias) de los sentimentalismos reciclados, la desubicada aspiración de grandeza o el forzado malditismo con los que tanto poeta tico procura de disimular su falta de rigor, lecturas u oficio.

Escondite no pretende, logra; transforma a su lector, lo sosiega y llena de gozo, le devuelve un pedazo de su niñez y su verdad en menos de 60 páginas.

Los poemas de Byron exudan amor, no solo a su tema, a su hija, al niño que aún es y al que somos, sino a la poesía misma como milagro y hechizo.

Los poemas de Byron exudan amor, no solo a su tema, a su hija, al niño que aún es y al que somos, sino a la poesía misma como milagro y hechizo

Hay una vocación metapoética que atraviesa todo el libro (basten como ejemplo “Reunión” y “Casa del poeta”) que nos hace sentir que los textos se contemplan a sí mismos, saben que los leemos y nos hacen su cómplice. Con algunos, nos preguntamos francamente si no son ellos los que nos están leyendo a nosotros.

Uno termina leyéndose, acordándose de que nuestro primer contacto con la magia fue la voz de la madre transformando las manchitas de un papel en palabras que construían batallas, viajes, tragedias, gatos espadachines y un vasto catálogo de maravillas que servían de antesala a los sueños.

Recordamos que al día siguiente, cuando esa maga debía ir a trabajar lejos y nos quedábamos en esa otra casa que sí tenía patio, buscábamos la chayotera, nos ocultábamos entre sus hojas y de pronto descubríamos hormigas que desfilaban por la raíz de un papayo como un ejército en formación.

Sobre ellas se oía el rumor del caño que se llenaba con el agua del fregadero; más arriba, el cilindro de lata por donde salía el humo de una cocina de leña. En esas espirales negras que se difuminaban frente a las nubes, vimos por primera vez lo asombroso mezclarse con lo irrecuperable.

Ese recuerdo estuvo sepultado por veinticinco años: Escondite me lo devolvió. Esta epifanía, una vuelta al principio que tantos añoran, es algo que este libro puede hacer también por cualquiera de sus afortunados lectores.