Por: Víctor Hurtado Oviedo 7 septiembre, 2014

Víctor Hurtado Oviedo, editor vhurtado@nacion.com

Elogio de la imperfección parece ser el título de la autobiografía de un humilde que se cansó de ser modesto; es decir, se quedó en el medio: como si dijésemos un “centrista de la humildad”. Aquel es el título que escogeríamos quienes hemos desarrollado una modestia tan grande que nos llena de orgullo. Siendo tan virtuosos como somos, no podemos permitir que otros usurpen la humildad que nos corresponde.

En todo caso, si aquel título de autobiografía no nos place, la falta de imaginación nos regala otros, como Modestia, apártate; Yo en mi vida, y –cual si tocásemos una sola cuerda de un violín– Un solo de mi.

En realidad, Elogio de la imperfección es el título de una de las memorias de la señora Rita Levi-Montalcini, bióloga admirable.

Entre otros misterios, la pluscentenaria italiana Rita Levi descubrió el secreto de la emigración celular de la médula (o medula , como se decía antes) espinal hacia el cerebro en la gestación. Nombrada ya senadora vitalicia, Levi amenizaba sus tardes yendo al Congreso italiano para votar contra Silvio Berlusconi, quien, creyéndose liberal, solamente llegó a ser libertino.

Levi fue premio Nobel de Fisiología en 1986, y su colega Max Perutz (Nobel de Química en 1962) explica así aquel título en su libro Los científicos, la ciencia y la humanidad (IV, 4): puesta a escoger entre la perfección de la vida o la perfección de la obra, Levi eligió la perfección de la obra, sin que su vida haya sido imperfecta (recordemos su compasión de médica para con las víctimas de la II Guerra Mundial).

En su libro (IV, 2), Rita Levi trata del origen de la vida y recuerda que hay dos hipótesis excluyentes: 1) el origen endógeno (la vida surgió en la Tierra) y 2) el origen exógeno (la vida llegó en forma de bacterias desde el espacio exterior).

Nosotros nos inclinamos hacia la primera hipótesis, pero sin pruebas, como siempre, pues, para quienes hablamos de todo, la opinión solamente es un subproducto natural de la ignorancia.

En todo caso, es una lástima que la vida nos haya caído del cielo precisamente cuando no estábamos para recibirla.

Físicos notables, como Francis Crick (codescubridor de la estructura del ADN), gustan de la segunda hipótesis, que Francis llama panspermia dirigida; id est, inseminación enviada en cohetes por una civilización que estaba a tiro de piedra cósmica de la Tierra. Así lo postula en su libro La vida misma.

Crick no aporta pruebas, y lo resalta Octavio Paz en su libro Sombras de obras (p. 151), aedo-antena a las ciencias y a las artes. La exogenia se parece a creencias religiosas, como las llegadas salvadoras (soteriológicas) de demiurgos y mesías, y arribó al siglo XX con Kal El-Supermán, mesías de historieta.

El físico Enrico Fermi preguntaba por qué no han venido tales presuntos remisores de bacterias, y Crick procura responder, sin éxito. Quizá no han llegado pues les cayó, cual platillo volador, un disco de Julio Iglesias. Esta actitud confirmaría que crearon una civilización superiora (¿no decimos madre superiora?). No lo sabremos pues nadie ansía el papelón de ser un chismoso televisto al ver con un telescopio.

Mejor creamos que nacimos en la Tierra: así la cuidaremos mejor.