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Un vendedor de papalotes al que conquistó la labor policial

Actualizado el 17 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

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Un vendedor de papalotes al que conquistó la labor policial

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Antes de ser policía, Francisco Segura trabajó en fábricas y almacenes, y también fue socorrista. Actualmente tiene 51 años de edad y 32 años de laborar en el Organismo de Investigación Judicial. El 5 de diciembre fue nombrado director de esa entidad.

Al tiempo buscó otros oficios. Colocó marbetes en botellas de licor, confeccionó directorios telefónicos, trabajó como mensajero (de los de “a pie”) y cogió café, pero no le gustó y se inscribió como voluntario en la Cruz Roja, donde salvó al menos una vida.

“Trabajé muchos años allí y atendí muchas emergencias. Incluso tuvimos que darle RCP (reanimación cardiopulmonar) a un señor mayor y lo revivimos. No sé si después murió, pero llegó vivo al hospital”, recuerda.

Después, buscando un empleo, pensó en hacerse policía. También pensó en trabajar en la Junta de Protección Social, pero allí le ofrecían ¢1.000 menos de salario.

“Eran mil pesos, un montón de plata”, señala el también abogado en un sillón del quinto piso del edificio del Organismo de Investigación Judicial (OIJ), donde está la oficina del director.

Dice que su interés tal vez haya nacido cuando veía programas de televisión, pero que no está muy seguro; el caso es que, saliendo de la secundaria, a finales de 1979, y con 18 años de edad, quiso entrar en la Policía y se lo comentó a su vecino de toda la vida, Gerardo Láscarez, quien era investigador y uno de los fundadores del OIJ.

“Gerardo me dijo: ‘Si usted quiere entrar a trabajar, entre a una Policía seria. Véngase para acá’”, recuerda como si hubiese sucedido ayer y no hace 33 años.

Llenó la solicitud, realizó pruebas y nueve meses más tarde (ya en 1980), ingresó en la Sección de Inspecciones Oculares del OIJ.

Así lo explica Francisco Segura mientras permanece en el sillón entre numerosos instrumentos electrónicos. El 5 de diciembre asumió la dirección del OIJ tras ganar un concurso con el voto de 15 magistrados.

Una pasión. La primera vez que Segura disparó, lo hizo para matar a un perro que unos maleantes habían apuñalado.

“El jefe de guardia les preguntó a los dueños del perro si querían que él lo matase para que no sufriera, y me dijo: ‘Segura, venga: mate a este perro’. Yo le respondí que cómo si yo en mi vida no había agarrado un arma”, añade, y luego admite que sí disparó.

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Francisco Segura sabe que las armas son necesarias para la labor policial, pero la primera palabra que viene a su mente cuando se le habla de ellas es “peligro”: tal vez sea porque en el seno de su hogar vivía ajeno a esos instrumentos.

Segura fue el último de cinco hijos. Su padre era contador y constructor, y, ya pensionado, se dedicó a vender periódicos. Su mamá era ama de casa y murió cuando Francisco Segura tenía solo cinco años de edad. Entonces, una tía lo cuidó hasta que cumplió 12 años.

Así aprendió a ser independiente, a lavar, cocinar y hacer otros oficios domésticos; aprendió también a tomar sus propias decisiones y a buscar empleo desde muy joven.

En cierto momento, dice, analizó volver al trabajo de socorrista. “Pero ya había perdido interés en la Cruz Roja; estaba trabajando en la Policía, y este trabajo apasiona. Era interesantísimo ver cómo se desarrollaban las investigaciones, se detenía a alguien, se lo acusaba e iba a juicio”, añade Francisco Segura.

Dentro del OIJ, fue jefe de delegaciones, dirigió el Departamento de Investigaciones Criminales y fue subdirector por siete años.

Se casó a los 23 años de edad y se separó hace un par de años. De ese matrimonio nació su única hija, quien vive fuera del país.

Segura es un hombre sencillo, que llegó a la Policía buscando un empleo digno y la adoptó como su gran pasión, según revela.

Asevera estar satisfecho con el trabajo que está haciendo el OIJ, pero insiste en que buscará superar muchas debilidades.

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