1 enero, 2015

Un domingo de inicios de 1973. Día de asistir a la iglesia. Toda la familia desayuna, se baña y se alista a toda prisa pues el servicio religioso comienza a las 9:30 a. m. y hay que viajar desde Curridabat hasta San Pedro de Montes de Oca.

Yo, un muchacho de 11 años, fui el último en levantarme, desayunar, bañarme y vestirme. De repente me percaté de cuán atrasado estaba y corrí para no ser el culpable de la demora.

Cuando pasé del baño a mi habitación vi que algunos de los miembros de la familia ya estaban listos, Biblia en mano y dispuestos a abordar el Mini Austin rojo de dos puertas al que apodamos “La pulga” y en el que en ese entonces cabía toda la prole.

En cuanto abrí el ropero se me ocurrió la “genial” idea de ponerme un atuendo diferente: el uniforme del Saprissa que mis padres me regalaron en la recién pasada Navidad (camiseta morada, pantaloneta blanca, medias de ambos colores, tacos negros, bola morada y blanca, y maletín de vinil con la S estampada).

Lo digo en serio: a mí me pareció genial la idea. Mientras me vestía imaginaba las caras y comentarios de los miembros de la congregación... aprobación –de los saprissistas– y desaprobación –de los liguistas–. Honestamente, creí que sería divertido.

Mientras me ponía la pantaloneta papá, preocupado por la tardanza, empezó a tocar el pito del carro; lo siguió haciendo hasta que salí de la casa en carrera y ocupé mi sitio en “La pulga”. De inmediato papá se volteó hacia mí y me dijo: “Esa no es forma de ir a la iglesia, bájese ¡y se quita esa cochinada!” Mi reacción fue inmediata: los ojos se me llenaron de lágrimas y dije: “Saprissa no es una cochinada”. Esta defensa, claro está, no me eximió de cambiarme de ropa.

Hace unos cuantos meses le conté esta anécdota a mi padre, quien me dijo que no recordaba el episodio. De inmediato se sumió en el silencio y no hablamos más del asunto. Sin embargo, al día siguiente me llamó por teléfono, temprano, para decirme: “Hijo, la verdad no me acordaba de lo que me contó ayer, pero me quedé triste pensando en cómo te habrás sentido esa vez y quiero disculparme por haber reaccionado así”.

Episodios así son los que hacen grande al fútbol, más que goles de Ronaldo o Messi. Gracias papá.

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