Por: Antonio Alfaro 8 julio

No es cosa fácil eso de la táctica y la estrategia, el 4-4-2 y el 5-4-1. Eso de romper la línea, agrandar y achicar, hacer bloque, el contención solo (mejor que mal acompañado), el control del juego sin pelota y demás conceptos del manual.

Existe, sin embargo, una fórmula básica, tan comprensible como inapelable, útil para Mourinho y para la señora que lava la ropa: ¿cuán sucios terminaron los uniformes de los guardametas?

Alguna vez se lo escuché a Badú, un técnico capaz de reducir lo complejo a simples cotidianidades, aunque posiblemente este no era un concepto de su cosecha.

En esa ocasión —ya no recuerdo bien— apelaba a la suciedad en el uniforme del arquero rival para justificar de cuál lado se había inclinado el partido. Si el marcador no lo dejaba claro, la laboriosa jornada del cancerbero, sí. Demasiado simple, pero válido.

Aplicándolo, entiendo por qué Jorge Luis Pinto no salió del todo disconforme de su primer tropiezo ante Costa Rica.

Patrick Pemberton salvó una, dos, tres veces el arco tico, como lo había hecho Keylor Navas ante Trinidad y Tobago en el último partido eliminatorio.

La buena noticia (más bien confirmación) es Pemberton. Por si alguien seguía con dudas y muy a pesar de la seguridad transmitida por Navas, no hace falta rezar el trisagio cuando el del Real Madrid no pueda.

Menos alentador resulta entender que otra vez el guardameta fue clave, en un juego con solo tres remates remates directos de la Sele ante seis del rival (uno en el poste). Para eso está el portero —dirá usted— como Gabelo en Italia 90 o Navas en Brasil 2014. Óscar Ramírez sin duda preferiría menos apuros, como logró en el segundo tiempo con algunos ajustes.

La corrección a tiempo, el buen juego de David Guzmán, la oportunidad aprovechada por Rodney Wallace, el oportunismo de Marco Ureña y, por supuesto, la victoria en un juego no siempre bajo control, al menos dan para creer que poco a poco la Sele se acercará al juego en que termina más sucio el uniforme del portero rival.