Por: Jacques Sagot 27 febrero

El vínculo de la afición cartaginesa con su equipo es diferente del que anima a todas las demás torcidas del país. El hincha cartaginés ama a su cuadro, y no pide nada en cambio. Es amor puro. No le dice: “te amaré si me gratificas con títulos y preseas”. Nada de eso. Es, en el sentido más riguroso del término, un amor incondicional: “te amaré aun cuando llegases a cumplir 100 años sin ganar un campeonato”. Es una afición fervorosa (etimológicamente, plena de fe) y devota (del latín devotus-an , esto es, consagrada a, prometida a, dedicada a).

El aficionado brumoso hace votos de lealtad eterna a su cuadro. Como los monjes hacen votos de castidad o de pobreza, el hincha brumoso hace voto de fidelidad a su equipo, y su fe es tanto más conmovedora por cuanto el cuadro no les da una molécula de satisfacción, y los somete, una y otra vez, a la frustración de la derrota. Pero este es, precisamente, el punto: el aficionado cartaginés ya no percibe sus reveses como derrotas. Ha hecho de ellas pruebas de fe, ritos iniciáticos en un culto que se refuerza y cobra más gloria cuanto menos son oídas sus plegarias. El hincha cartaginés es, en el más puro sentido de la palabra, un homo religiosus . No exige títulos, no reclama resultados: su fe es su propia recompensa. El gozo de creer contra toda la evidencia, contra los marcadores adversos, contra 72 años de adversidad, opera como una especie de gozo martirológico. La suya es la expresión, entre beatífica, extática y torturada, de los grandes mártires de la cristiandad (cuadros clásicos de santos que, desde el fondo de su tormento, elevan la mirada al cielo, derivando un sublime al tiempo que retorcido placer de su martirio: pienso en San Sebastián acribillado de flechas).

Comparados a la afición cartaginesa, los hinchas saprissistas, liguistas y heredianos pasan por ser niños mimados, criaturitas chineadas por la suerte, ciudadanos de privilegio en la comunidad futbolera. No saben lo que es creer contra toda evidencia, no saben lo que es la verdadera fe, y lo más grave de todo, no saben amar incondicionalmente. Son mocosos que, privados de golosinas, arman un infernal berrinche. Cartaginés tiene a la más leal, indoblegable afición del país. Amor, devoción, y fe.

Etiquetado como: