Por: Jacques Sagot 21 septiembre, 2015

Solemos asumir que el macrocosmos (la sociedad) determina y moldea al microcosmos (la sub-cultura del fútbol), haciendo de esta un reflejo de aquella. A sociedad violenta, fútbol violento; a sociedad desmoralizada, fútbol marchito, a sociedad próspera, fútbol saludable. Pero a veces sucede que una ínfima célula transforme íntegramente al organismo al cual pertenece.

Allá, entre 1979 y 1986, Sócrates —el futbolista de personalidad más acusada y distintiva de la historia— creó la noción de “democracia corinthiana”. Toda decisión se tomaría mediante el sufragio. Votarían los futbolistas, el cuerpo técnico, el aguatero, el personal administrativo. Nada sería dictado por un gerente, técnico o presidente. No era anarquía: era una democracia hiperbólica.

La cantidad de entrenamientos, qué partidos se jugarían en la pretemporada, cuál sería la calendarización de los juegos, la adjudicación a un compañero de un dinerito para sufragar el sepelio de su madre: ¡todo se decidía por votación! El lema era “¡ganar o perder, pero democráticamente!” Aunque amaba el fútbol, a Sócrates lo apasionaban muchas cosas: esencialmente, era un pensador.

Brasil vivía el horror de la dictadura militar. Lo bello fue que la “democracia corinthiana” desbordó la esfera futbolística, y se extrapoló al plano social. La quimera de Sócrates se propagó, generó fervor colectivo. Para las siguientes elecciones, el partido gobiernista perdía en todos los estados de Brasil. Despuntaba sobre la Amazonia la luz de una nueva era política.

Y todo por esa mezcla de Quijote, che Guevara, médico, bohemio, pintor, cantante, activista político, filósofo… e inmenso futbolista que fue Sócrates. La gente lo recuerda hoy por sus pases de taco (codificada manifestación de su natural rebeldía). Pero su legado va infinitamente más lejos que aquel inimaginable fútbol (Le Cirque du Soleil, lo llama Antonio Alfaro). Sócrates fue la célula que modificó al organismo.

Quería morir un domingo, con su amado Corinthians campeón. Y su deseo se cumplió, el 4 de diciembre de 2011. Mientras él jugaba ya con las estrellas, el equipo empuñaba el cetro, y en el estadio Pacaembú, 40.000 almas estremecidas alzaron el brazo derecho con el puño cerrado, signo guerrero de la democracia corinthiana.

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