Por: Jose David Guevara 21 abril, 2016

 “Durante muchos años, como no se podía gritar otra cosa se gritaba ‘gooollll’, de manera que no se escuchasen otros gritos”, dice en la página 142 de  Memorias de un librero , del argentino Héctor Yánover (1929-2003). Se refiere a aquellos años en que la dictadura militar de su país dejó fuera de juego —es más preciso decir, aunque crudo y triste, fuera de vida— a 30.000 opositores al régimen.

Veinticuatro líneas después, salta una pregunta en esta obra: “¿Fue, es y será siempre la sociedad el lugar de la prepotencia, la suficiencia, la estupidez, el miedo?”. El escritor no responde. Sin embargo, de inmediato mi memoria es un balón que retrocede en la cancha del tiempo hasta el área chica del año 1978. Sí, el año del Mundial de Fútbol en la Argentina gobernada por una junta militar encabezada por el general Jorge Rafael Videla (1925-2013).

“Dos meses antes de que iniciase el campeonato un decreto prohibió las críticas a la selección argentina, que incluía también la prohibición expresa de reprobar las decisiones del entrenador (César Luis Menotti)”, rememora el libro Los Mundiales de Fútbol , de los españoles Miguel Ángel Mateo y Juan Antonio Bueno Álvarez.

Ambos autores repasan, además, una serie de hechos en torno a aquella copa. Por ejemplo, las autoridades deportivas internacionales —lideradas por el brasileño Joao Havelange, presidente de la FIFA de 1974 a 1998— haciéndose de la vista gorda ante la represión que tenía lugar en la tierra del tango y Mafalda. Lo mismo hicieron muchos gobiernos democráticos.

En contraste, el parlamento holandés le ordenó a sus seleccionados no participar en actos oficiales y los jugadores visitaron, por iniciativa propia, a las madres de la plaza de Mayo. Este equipo quedó subcampeón en ese torneo, por debajo de la escuadra anfitriona. Mateo y Bueno titularon el capítulo del Mundial del 78 con las palabras Un campeón entre sospechas...

Asimismo, Sepp Maier, portero del conjunto alemán, advirtió que debido a la situación de los presos políticos, él no le daría la mano a Videla si se presentaba en la cancha a saludar a los futbolistas antes del partido inaugural entre ese equipo y el de Polonia. Sí, a veces el fútbol es triste, como en aquel campeonato en que se gritó gol para que no se escucharan otros gritos.

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