Opinión

Un plan de sanciones en cuotas

Actualizado el 19 de mayo de 2014 a las 12:00 am

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Un plan de sanciones en cuotas

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VARSOVIA – Los líderes occidentales siguen indecisos respecto de sus próximas medidas para procurar detener la agresión rusa a Ucrania. Pero hay algo que está suficientemente claro: los tímidos ensayos hechos hasta el momento (sanciones personales, un embargo a la exportación de armas y la suspensión temporal de la pertenencia de Rusia al G8) no han hecho retroceder al presidente ruso, Vladimir Putin.

Felizmente, existe una solución y es sencilla: que la Unión Europea disponga un embargo a sus importaciones de materias primas rusas, especialmente petróleo y gas. La pregunta es si sería viable.

Si hasta ahora no se hizo, es por buenos motivos. Europa depende del suministro ruso de energía, y los bancos y empresas europeos están sumamente expuestos a lo que suceda con Rusia. Pero, con una estrategia cuidadosamente calibrada, se podría evitar que un embargo a las exportaciones rusas resulte perjudicial para la economía europea.

En todo caso, lo cierto es que Europa no tiene alternativas. Cuanto más evidente se vuelve el deseo de Putin de quedar en la historia rusa como un engrandecedor del imperio (junto con Iván el Terrible, Catalina la Grande y Lenin), igualmente evidente se torna la necesidad de que la Unión Europea actúe decididamente. De hecho, si no se le pone freno a Putin, es probable que su ambición crezca aún más y vuelque su atención a los Estados bálticos, Moldavia o Asia Central, con consecuencias cada vez más serias para la seguridad europea.

A diferencia de la débil estrategia que siguió la Unión Europea hasta ahora, un embargo a las exportaciones rusas de petróleo y gas sería una presión real sobre Rusia. Las exportaciones de energía suponen el 70% de los ingresos por exportaciones de Rusia y la mitad de la recaudación fiscal; ese dinero se usa para financiar soldados, medios de prensa estatales nacionalistas, ataques informáticos, quintacolumnistas en Ucrania y otros países, y los lujosos estilos de vida de las élites del país, incluido Putin.

Dado que Europa depende de las fuentes de energía rusas, las importaciones no se pueden cortar de un día para el otro, y el embargo se debería introducir en forma incremental.

El primer paso sería implementar un sistema de cuotas para todas las importaciones de combustibles rusos, una herramienta bien probada en la Unión Europea, que la aplica a menudo a la importación de productos agrícolas de terceros países. Durante el primer año del embargo, las empresas que importen energía rusa deberían obtener licencias por la cantidad que hayan importado hasta la fecha.

A partir del segundo año, la cuota de importación se reduciría 5% cada año, con lo que en una década la Unión Europea reduciría a la mitad el total de sus importaciones de energía rusa. De este modo, las economías europeas podrían adaptarse gradualmente a las nuevas condiciones y tendrían tiempo para buscar otras fuentes de energía, mejorar su conservación y reducir el consumo.

La perspectiva de semejante reducción de sus ingresos por exportaciones sería un llamado a la cordura para el Kremlin, especialmente dado lo difícil que le resultaría encontrar mercados alternativos. Por ejemplo, los chinos ya están negociando en duros términos, y saber que los rusos no tienen otras opciones aumentaría aún más su poder de negociación.

La Unión Europea puede sobrevivir a un embargo. Sus compras a Rusia equivalen a un 30% del total de las materias primas que importa y aproximadamente el 20% del gas y el petróleo. Pero solamente el 12% del consumo general de energía de la Unión Europea depende de Rusia, es decir, que, en los próximos diez años, la Unión Europea solo debería sustituir un 6% de la energía que consume. Es un precio muy pequeño a cambio de frenar las ambiciones imperiales de Rusia y reforzar la seguridad europea.

El problema es que el costo no se repartiría equitativamente en toda Europa, porque la dependencia de las fuentes de energía rusas varía entre países. De hecho, hay algunos (como los Estados bálticos, Polonia y Eslovaquia) que tienen compromisos con Rusia a largo plazo, de modo que necesitarían más tiempo para estar en condiciones de participar del embargo.

Felizmente, también para este problema hay una solución: que las empresas puedan comerciar los derechos de importación una vez implementados, lo que les permitiría optimizar el proceso de adaptación.

Además, la Unión Europea debería trabajar en mejorar el flujo de energía a través de sus fronteras internas para ayudar a los Estados miembros más próximos a Rusia a compensar las pérdidas causadas por el encarecimiento de los combustibles. Al mismo tiempo, los países europeos deberían redoblar esfuerzos para diversificar sus suministros de energía, aumentando, por ejemplo, las compras a países aliados como los Estados Unidos y elevando considerablemente el porcentaje de energías renovables dentro del consumo total.

Disminuir las importaciones de energía rusa perjudicaría mucho más a Rusia que a la Unión Europea. De hecho, es la manera más fácil y, probablemente, la más eficaz para obligar a Rusia a respetar las normas internacionales, sin disparar un solo tiro.

Marcin Œwiêcicki es miembro del Sejm (Cámara Baja del Parlamento polaco) y fue ministro de Relaciones Económicas con el Extranjero, viceministro de Economía y alcalde de Varsovia. © Project Syndicate.

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