Los países ricos tienen el deber de aceptar a los refugiados, y muchos de ellos en mayor medida

 5 septiembre, 2015

PRINCETON – En el pasado mes de julio, el número de refugiados que llegaron a las orillas de la Unión Europea superó los 100.000, el tercer mes consecutivo en que se alcanzó una cantidad mayor. En una semana de agosto, llegaron a Grecia 21.000. Los turistas se quejaban de que en sus vacaciones de verano que habían previsto pasar en una isla griega se encontraban en medio de un campo de refugiados.

Naturalmente, la crisis de los refugiados tiene consecuencias mucho más graves. La semana pasada, las autoridades austríacas encontraron los cadáveres en descomposición de 71 personas en un camión húngaro abandonado cerca de Viena y más de 2.500 aspirantes a migrantes se han ahogado en el Mediterráneo este año, la mayoría de ellos al intentar cruzar desde el norte de África hasta Italia.

Los refugiados que han logrado llegar hasta Francia están viviendo en tiendas cerca de Calais, mientras esperan una oportunidad para llegar a Inglaterra trepando a bordo de un tren de mercancías que cruce el túnel del canal. Algunos mueren también al caerse de los trenes o atropellados.

No obstante, el número de refugiados en Europa es aún bajo en comparación con los de algunos otros países. Alemania ha recibido más solicitudes de asilo que ningún otro país europeo, pero sus seis refugiados por mil habitantes son menos de un tercio de los 21 por mil de Turquía, cifra que, a su vez, queda pequeña ante los 232 por mil del Líbano.

Al final del 2014, el Acnur, el organismo de las Naciones Unidas para los refugiados, calculó que en el mundo había 59,5 millones de desplazados forzosos, el nivel mayor jamás registrado. De ellos, 1,8 millones están esperando una decisión sobre sus solicitudes de asilo, 19,5 millones son refugiados y el resto están desplazados dentro de sus propios países.

Siria, Afganistán y Somalia son las mayores procedencias de refugiados, pero muchos más proceden de Libia, Eritrea, la República Central Africana, el Sudán del Sur, Nigeria y la República Democrática del Congo. En Asia, la persecución de la minoría musulmana rohinyá de Birmania ha contribuido a un reciente aumento del número de refugiados.

No podemos reprochar a las personas deseosas de abandonar países empobrecidos y plagados de conflictos que busquen una vida mejor en otra parte. En su situación, nosotros haríamos lo mismo, pero ha de haber una forma mejor de reaccionar ante las necesidades.

Algunos pensadores audaces propugnan un mundo con fronteras abiertas, pues sostienen que así aumentaría en gran medida el PIB mundial y la felicidad mundial por término medio. (Véase, por ejemplo, http://openborders.info).

Semejantes argumentos no tienen en cuenta las lamentables tendencias xenofóbicas de nuestra especie, evidenciadas con demasiada claridad por el brusco aumento de la popularidad de los partidos extremistas de derecha en Europa.

En el futuro previsible, ningún Estado abrirá sus fronteras para que entren todos los que lo deseen. De hecho, solo hay iniciativas en la dirección opuesta: Servia y Hungría están construyendo vallas para mantener fuera a los migrantes y se ha hablado de restablecer los controles fronterizos dentro de la zona de Schengen, que actualmente garantiza la libertad de movimientos entre los 26 países europeos.

En lugar de encerrarse en sí mismos simplemente, los países ricos deberían prestar mucho más apoyo a los países menos acomodados y que están apoyando a grandes números de refugiados: Líbano, Jordania, Etiopía y Pakistán son ejemplos evidentes. Los refugiados que viven seguros en países limítrofes de los suyos son menos propensos a intentar lanzarse a viajes peligrosos a regiones remotas, como también a regresar a su país, una vez resuelto el conflicto.

El apoyo internacional a los países que soportan la mayor carga de refugiados está también justificado económicamente: a Jordania le cuesta unos 3.000 euros (3.350 dólares) al año apoyar a un refugiado; en Alemania, el costo es al menos de 12.000 euros.

Sin embargo, en última instancia debemos reconsiderar lo que para muchos es un texto sagrado e inmutable: la Convención y el Protocolo de las Naciones Unidas sobre el Estatuto de los Refugiados.

La Convención, aprobada en 1951 estaba limitada originalmente a las personas que dentro de Europa habían huido de su país por acontecimientos anteriores a esa fecha.

Requería a los países signatarios a que permitieran a los refugiados que llegaran a su territorio permanecer en él, sin discriminación ni castigo por violar las leyes sobre la inmigración.

Se definía a los refugiados como quienes no podían o no querían regresar a su país basándose en un temor fundado a la persecución por razones de “raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un grupo social determinado u opinión política”.

En 1967, se suprimieron las restricciones temporales y geográficas, con lo que la Convención pasó a ser universal. Fue una decisión noble, pero nunca se formuló una pregunta fundamental: ¿por qué ha de tener prioridad una persona que puede viajar a otros países sobre otras que se encuentran en campos de refugiados y no pueden viajar?

Los países ricos tienen el deber de aceptar a refugiados y muchos de ellos pueden y deben hacerlo en mayor medida, pero, como ha aumentado el número de personas que buscan asilo, ha resultado difícil a los tribunales determinar quién es un refugiado, conforme los define la Convención y quién un migrante bien asesorado que busca una vida mejor en un país más rico.

Además, la Convención ha originado el nuevo negocio, con frecuencia carente de escrúpulos y a veces letal, del contrabando de personas.

Si se enviara a un campo de refugiados, a salvo de persecuciones y apoyados financieramente por la ayuda de países ricos, a quienes solicitan asilo en un país cercano, se eliminaría el contrabando de personas y las muertes en tránsito. Además, se reduciría el incentivo para los migrantes económicos y los países ricos podrían cumplir con su deber de aceptar a más refugiados de los campos, sin por ello dejar de mantener el control de sus fronteras.

Puede que esa no sea la solución mejor, pero sí la más viable y parece mucho mejor que el caos y la tragedia que muchos refugiados afrontan ahora.

Rechazar a personas que consiguen llegar hasta nuestro país es emocionalmente difícil, aun cuando se las envíe a un refugio a salvo, pero también deberíamos tener compasión de los millones de personas que están esperando en los campos de refugiados. Debemos infundirles esperanzas también.

Peter Singer es profesor de Bioética en la Universidad de Princeton y profesor laureado en la Universidad de Melbourne. Entre sus libros figuran Animal Liberation (“Liberación animal”), Practical Ethics (“Ética práctica”), One World (“Un solo mundo”), The Life You Can Save (La vida que podéis salvar”) y, el más reciente, The Most Good You Can Do (“El mayor bien que podéis hacer”). © Project Syndicate 1995–2015