No es justo que en un país como el nuestro, un centro geriátrico enfrente tantas limitaciones

Por: Ángela Ávalos 6 noviembre, 2015

En un cuarto planeado para tres camas, pero donde meten cinco por necesidad, ubicado frente a un cubículo donde se depositan los desechos hospitalarios y sin salidas de emergencia visibles, le devolvieron la vida a mi mamá.

Es uno de tantos salones para pacientes en el Hospital Nacional de Geriatría y Gerontología Raúl Blanco Cervantes. Un cuarto que refleja la perentoria necesidad de dotar de espacio de calidad a una demanda creciente y compleja en uno de los mejores centros médicos en América Latina.

La habitación es estrecha e incómoda, pero permanece impecablemente limpia. Durante el mes en que mami estuvo internada, cambiaban las sábanas de cada paciente dos o tres veces al día, y constantemente limpiaban el piso.

A los enfermos que así lo necesitaran, les colocaban una colchoneta especial para que su espalda no se llenara de úlceras. Cuesta alrededor de ¢5 millones, quizá más, porque está hecha de un material que previene las llagas a quienes deben permanecer en cama mucho tiempo.

El baño está como a 50 metros del cuarto. De ese y de los demás. Todas las mañanas, a las 6 a. m., empieza la procesión de viejitos en sillas de ruedas hacia las duchas. A quienes están inmovilizados por sus problemas de fondo, los bañan en la cama.

Lo ideal es que cada salón tenga su propio baño, con servicio sanitario y ducha acondicionados para sillas de ruedas y pacientes de difícil movilización. Pero esto no es posible en un hospital tan antiguo, construido originalmente con otros propósitos y para otro tipo de enfermos que no cargaran, además de sus padecimientos, los achaques de la edad.

Este hospital geriátrico compensa todas estas estrecheces con un servicio impecable al anciano y su familia, desde el guarda en el portón, hasta el médico superespecializado en la atención de adultos mayores, pasando por la fundamental presencia de enfermeras, auxiliares y asistentes de pacientes.

No es justo que en un país como el nuestro, un hospital como el geriátrico enfrente tantas limitaciones. Tampoco es justo para la población adulta mayor. Ni la de ahora ni la del futuro, en donde, probablemente, estemos usted y yo.

El director médico, Fernando Morales Martínez, líder visionario y defensor de esta población, lleva años advirtiéndolo: es necesario un nuevo hospital.

Pero no se trata únicamente de una fachada de hormigón y metal. El nuevo hospital de geriatría y gerontología debe pensarse con un nuevo enfoque en la atención y un estrecho vínculo con la comunidad y la familia. Se visualiza como una gran casa de enseñanza para los futuros profesionales en salud a cargo de los viejitos, y un centro de investigación que aporte hallazgos para mejorar la calidad de vida de estas personas.

Me permito soñar con la posibilidad de que nuestros dirigentes en el gobierno y en la Caja hagan realidad un centro moderno para atender a nuestros viejitos como uno merece al final de la vida.

La autora es periodista.