31 octubre, 2014

LONDRES – La reformadora social británica, Eglantyne Jebb, puntualizó alguna vez que el único lenguaje internacional que el mundo entiende es el llanto de un niño. Casi un siglo después de que Jebb fundara Save the Children, el Premio Nobel de la Paz del 2014 fue concedido a Malala Yousafzai, la activista de 17 años que, desde hace tiempo, lucha por el derecho de las niñas a la educación, y al oponente al trabajo infantil, Kailash Satyarthi. De este modo, el Comité del Premio Nobel recompensó la lucha mundial de los derechos civiles contra el tráfico de menores, el trabajo infantil, el matrimonio de menores y la discriminación de niñas.

Ante los conflictos recientes, y en curso, en Siria, Irak, Gaza y Sudán meridional, que han acabado con muchas vidas jóvenes, el Comité del Premio Nobel actuó con base en razones de peso para exponer el sufrimiento de los niños. Las escuelas, que deberían haber sido como santuarios, se han convertido en objetivos militares. Miles de niños en Siria e Irak han sido obligados a hacer el servicio militar. A pesar de los esfuerzos de los organismos de socorro de las Naciones Unidas, la masacre del verano creó un millón más de niños refugiados.

La vulnerabilidad de los niños quedó totalmente expuesta hace seis meses, cuando el grupo terrorista Boko Haram (cuyo nombre significa “la educación occidental es un pecado”) secuestró a 276 niñas-estudiantes. Aun si las niñas secuestradas regresan a sus hogares sanas y salvas, como estipula la tregua entre el grupo terrorista y el Gobierno de Nigeria, sigue habiendo 15 millones de menores de 14 años en todo el mundo que son obligados a trabajar, a menudo en ambientes de explotación terribles. Adicionalmente, 10 millones de jovencitas en edad escolar son obligadas a contraer matrimonio, mientras que a unos 32 millones de jovencitas se les niega, incluso, el derecho a la educación elemental.

Sin embargo, ahora está en marcha una contraofensiva mundial. La Marcha Mundial contra el Trabajo Infantil, de Satyarthi, ha rescatado a miles de niños y niñas, incluso algunos de 8 años, trabajando como esclavos en callejones y talleres clandestinos de la India. La organización ha inspirado una campaña mundial para liberar a los niños de la explotación y ofrecerles educación.

Mientras tanto, la lucha de Malala –luego de su enérgica respuesta a la bala de un asesino hace dos años– ha conducido al fin de la discriminación contra las jovencitas. El impacto de su lucha ha sido extraordinario. Al visitar Pakistán inmediatamente después del ataque, vi cómo jovencitas descontentas empezaban a acobardarse debido al temor a los talibanes. En otra visita reciente a Pakistán, hace algunas semanas, me dirigí a unas 2.000 jovencitas para hablarles sobre educación. Inspiradas por Malala, su participación fue muy activa y expresaron sus demandas de tener los mismos derechos que tienen los jovencitos.

Cientos de grupos locales de liberación de niños, algunos en los lugares menos prometedores, han surgido para luchar por los derechos civiles de los pequeños. Entre ellos están el Foro de Desarrollo Freed Kamlari (que lucha contra la esclavitud de las niñas en Nepal), el Club de Derechos de los Niños del Alto Manya Krobo, y el Movimiento Amarillo, que defiende los derechos de los jóvenes en Etiopía.

Puede ser que estos jóvenes activistas todavía no sean tendencia en Twitter o Facebook, o que ni siquiera sean conocidos todavía en sus propios países, pero el apoyo a su causa está creciendo rápidamente. Tomemos por ejemplo la campaña para crear una zona libre de matrimonios infantiles, que comenzó con niñas en edad escolar, en 20 zonas de Bangladesh, que se unieron para combatir este fenómeno. El movimiento ahora opera en Pakistán, India y África.

El éxito de estos grupos, encabezados por la organización Plan International, ha obligado a los Gobiernos a endurecer las leyes contra el matrimonio infantil y, como en la provincia de Sindh de Pakistán, a reforzar la aplicación y la vigilancia policiaca.

Malala y Satyarthi, sin duda, señalarán a miles de otras personas que, como ellos, están protestando contra el matrimonio, el trabajo y el tráfico infantiles. En efecto, en los últimos dos años, los Youth Courage Awards (Reconocimiento al valor de la juventud) han premiado a los activistas –ejemplos para la nueva generación– que han transformado las perspectivas de los niños en sus propios países. Entre ellos están Ashwini, defensora invidente, de los niños con discapacidades; Attal, que creó una escuela para niñas en la cocina de su familia en Afganistán; Shweta, que creció en un burdel del sur de Asia y creó un grupo de apoyo para niñas víctimas de tráfico y abuso; y Salyne, cuya organización, Teach for Lebanon, está ayudando a educar a gran parte del medio millón de refugiados sirios y palestinos que han llegado al país.

Razia, ganadora del premio Youth Courage, que a los nueve años tenía que coser balones de fútbol cuando debía haber estado en la escuela, inició su trabajo a favor de los derechos civiles después de que Saytharti la rescató. Sahora encabeza la campaña por el derecho a la educación en la India.

La campaña contra la explotación y a favor de la educación infantil se ha vuelto global. La organización World at School está distribuyendo actualmente su petición más grande hasta la fecha en apoyo del Objetivo de Desarrollo del Milenio de educación universal.

La lamentable realidad es que los niños están haciendo más que los adultos para luchar por sus propios derechos. No obstante, el movimiento de liberación de los niños que Satyarthi, Malala y otros han ayudado a movilizar crece día con día, y hay nuevas voces audaces que se alzan contra las injusticias, que no deben extenderse a la siguiente generación.

Gordon Brown, quien fue primer ministro y ministro de Hacienda del Reino Unido, es ahora enviado especial de las Naciones Unidas para la Educación Mundial. © Project Syndicate.

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