10 septiembre, 2015

En un documento supuestamente escrito en 1880 por Charles Darwin, el autor de la obra clásica de la ciencia El origen de las especies , a una pregunta de un abogado responde: “Lamento tener que informarle que no creo en la Biblia como una revelación divina, y por lo tanto tampoco en Jesucristo como el hijo de Dios” (véase “A subasta carta de Darwin donde aclara que no cree ni en la Biblia ni en Jesús”, La Nación, 8/9/2015).

Darwin no fue ateo, pues en el importante capítulo “Recapitulación y conclusión” de El origen se encuentran referencias positivas al Creador. Veamos: “Autores eminentísimos parecen estar completamente satisfechos de la hipótesis de que cada especie ha sido creada independientemente. A mi juicio, se aviene mejor con lo que conocemos de las leyes fijadas por el Creador a la materia el que la producción y extinción de los habitantes pasados y presentes de la Tierra hayan sido debidas a causas secundarias, como las que determinan el nacimiento y muerte del individuo”.

Y precisamente el último párrafo de esa magna obra, cierra con la siguiente reflexión: “Hay grandeza en esta concepción de que la vida, con sus diferentes fuerzas, ha sido alentada por el Creador en un corto número de formas o en una sola, y que, mientras este planeta ha ido girando según la constante ley de la gravitación, se han desarrollado y se están desarrollando, a partir de un principio tan sencillo, infinidad de formas las más bellas y portentosas”.

Pero ahí no para al asunto, pues algunos expertos afirman que las palabras “por el Creador” no aparecían en la primera edición de El origen y que fueron añadidas a partir de la segunda.

Según la biógrafa Janet Browne, este agregado fue una concesión al reverendo Charles Kingsley, uno de los pocos clérigos de los que recibió una crítica positiva, y Darwin se arrepintió más tarde de haberlas añadido. Vaya usted a saber si la historia realmente fue así.

Lo que el documento a subastar dice es que Charles Darwin no cree que la Biblia, que debe haber leído varias veces, fuera el fruto a una revelación divina, ni que Jesucristo sea hijo de Dios. Mas no dice que no cree en Dios.

Estas opiniones, de ser ciertas, chocarían con el judaísmo y con el cristianismo respectivamente; lo harían agnóstico, pero no ateo. Pero ¿qué tal si ese escrito es falso? Noventa mil dólares americanos, que es lo que su propietario espera obtener en la subasta, bien podrían haber llevado a utilizar una falsificación.

Y es que esta materia –que va desde falsificar violines y pinturas hasta vinos selectos con tal pericia que los expertos son incapaces de distinguir entre el original y la imitación– tiene sus propios principios rectores.

Prestemos atención a lo que, a su interlocutor Simone, dice el notario Rebaudengo, personaje de la novela El cementerio de Praga, de Umberto Eco, quien “por sumas razonables fabricaba actas falsas, imitando si era necesario la caligrafía ajena y ofreciendo testigos que reclutaba en las tascas de los alrededores”.

Por supuesto que para este notario no se trataba de nada mal habido. “Quede claro, querido Simone”, le decía, “que yo no fabrico falsificaciones, sino nuevas copias de un documento auténtico que se ha perdido o que, por un trivial accidente, nunca ha llegado a ser producido pero que habría podido o debido serlo”.

Thelmo Vargas es economista.