Por: Jacques Sagot 22 agosto, 2016

En el antiguo Egipto, las bibliotecas eran llamadas “tesoros de los remedios del alma”. Eran, así pues, bibliotecas-farmacias, donde a los libros se les atribuían virtudes medicinales. Es que, en efecto, el buen libro sana.

La lectura es uno de nuestros mecanismos de autocuración, autorregeneración y autoproducción. Tal la planta que absorbe dióxido de carbono y devuelve oxígeno a la atmósfera, el lector sensible sana las llagas de su alma e, inevitablemente, limpia el mundo en torno suyo. En nuestro “ecosistema espiritual”, el libro es nuestra más preciada reserva de biosfera.

Como los seres inteligentes que son, los libros dialogan. Los hay que son locuaces, parlanchines; otros son más parcos, más económicos de palabras. Leer es siempre dialogar con un autor que quizás tenga mil años de muerto. Es cuestión de aguzar los oídos y percibiremos su voz que nos responde desde el fondo de los siglos.

El libro es una victoria sobre el tiempo y el espacio. Su poder es tal que convierte a uno y otro en mera ilusión.

Mi vida está llena de amigos entrañables que vivieron hace siglos, en lugares distantes por doce mil kilómetros del rincón que ahora ocupo. Es preciso aprender a transformar la lectura en diálogo: saber ceder la palabra al libro y prestar oídos a su voz.

A veces es tan sutil, tan distante, que requeriremos una especie de hiperestesia auditiva para escucharlo. Son destrezas que se adquieren. La recompensa será inmensurable.

El autor es pianista y escritor.