Debe ser fiel a su mandato y acercarse más a la democracia

 25 enero, 2015

A menos que ocurra alguna ausencia imprevista, el miércoles y jueves se reunirán aquí 32 presidentes y primeros ministros del hemisferio, durante la tercera cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac). El número es inédito en nuestra historia.

Culminará así la presidencia nacional del foro, asumida el 29 de enero del 2014. A la satisfacción que genera esta capacidad de convocatoria, debemos añadir otra más sustantiva: la que produce el liderazgo discreto y eficaz desplegado por el país.

Durante estos 12 meses, Costa Rica se esforzó tesoneramente por encauzar las deliberaciones y orientar las declaraciones de la Celac por una ruta de sensatez, neutralizó presiones para extender su acción más allá del mandato con el cual fue creada y trató de focalizarla en iniciativas constructivas y pragmáticas.

Esta ruta fue seguida, sin interrupciones, por la Administración precedente y la actual, señal de que en nuestras relaciones exteriores prevalece una política de Estado.

Con su desempeño, Costa Rica contribuyó a impulsar la Celac que necesitamos.

Sin embargo, queda mucho por hacer para cumplir con ese gran objetivo. La tarea corresponde, pero a la vez divide, a todos sus integrantes. Del balance de fuerzas que logre prevalecer entre ellos dependerá si, pasados sus años iniciales, la Celac podrá generar verdadero valor para el entramado diplomático del hemisferio; si, más bien, entorpecerá sus dinámicas, o si involucionará hacia la irrelevancia.

Objetivos necesarios. Hay que hacer lo posible por que suceda lo primero. Seis objetivos pueden acercarnos a la meta:

El punto de partida es que la Celac asuma plenamente su naturaleza como foro o mecanismo de concertación y diálogo político. Ni es ni debe convertirse en una organización formal.

Como resultado de tal carácter, la Celac está obligada a actuar conforme al “principio de complementariedad”, destacado en varias de sus declaraciones. Esto implica no hacer lo que otros grupos o entidades regionales hacen mejor, que es casi todo, salvo, precisamente, el diálogo y la concertación política entre latinoamericanos y caribeños.

La complementariedad, a su vez, debe inducir a la mesura. El crecimiento exponencial en reuniones y declaraciones temáticas quizá genere impacto retórico, pero debilita su influencia real. En cambio, la concentración en lo que solo ella puede hacer potenciará su aporte y valor.

La Celac tiene como protagonistas centrales a los Gobiernos. Así debe ser. Mejores o peores, democráticos o no, son ellos los representantes legales de sus países. Sin embargo, el foro se verá enriquecido y su aporte, acrecentado, si a las dinámicas gubernamentales se incorporan, de manera paralela, representantes de la sociedad civil.

El consenso en las decisiones, norma indispensable para su existencia, debe impulsarse como un ejercicio para construir iniciativas y posiciones realmente productivas, alrededor de convicciones o intereses comunes, no aceptarse como un conjunto de “empates” entre posiciones antagónicas al más bajo nivel posible.

Más importante y necesario aún es que la variable democrática adquiera vigor en su seno, como referente conceptual y como empeño real de sus miembros. Hasta ahora, se ha abordado como un concepto informe y vacío, que cada Estado moldea y “llena” según lo que el gobierno de turno defina. De esta manera, ha servido para legitimar prácticas autoritarias y hasta totalitarias. Esto conspira contra la razón de ser de la entidad.

De Cancún a Caracas. El origen de la Celac está en la “Cumbre de la Unidad”, que reunió en febrero del 2010 a los países caribeños y del Grupo de Río. De ella emergió la “Declaración de Cancún”, un documento impecable en sus principios y objetivos.

El segundo párrafo del preámbulo, por ejemplo, incluye el compromiso de promover “el desarrollo sostenible de América Latina y el Caribe en un marco de unidad, democracia, respeto irrestricto a los derechos humanos, cooperación, complementariedad y concertación política”. La clave, a partir de entonces, estaría en cómo articular y traducir esos y otros principios.

La primera prueba vino poco menos de un año después, en la cumbre de Caracas. Entre otras cosas, la “Declaración” emitida entonces, mediante la cual fue constituida la Celac, diluyó el apego general y directo a la democracia enunciado en Cancún. Estos fueron sus nuevos términos: “Cada uno de nuestros pueblos escogerá las vías y medios que, basados en el pleno respeto de los valores democráticos de la región, del Estado de derecho, sus instituciones y procedimientos y de los derechos humanos, les permita perseguir dichos ideales”.

En este caso, imperó el denominador más bajo; también, deliberadamente impreciso, a pesar de lo que dice el artículo 21 de la Declaración Universal de Derechos Humanos (en particular, su tercer párrafo), suscrita por todos los países del hemisferio: “La voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder público; esta voluntad se expresará mediante elecciones auténticas que habrán de celebrarse periódicamente, por sufragio universal e igual y por voto secreto u otro procedimiento equivalente que garantice la libertad del voto”. ¿Por qué, al menos, no adoptar este texto como propio?

La “Declaración de Caracas” optó por la democracia opcional, a la medida del poder. Por eso, no debe sorprender la complacencia demostrada desde entonces hacia las distorsiones y hasta agresiones a la democracia por parte de algunos gobiernos.

El entramado. El carácter de foro o mecanismo y la orientación complementaria de la Celac están incluidos, directa o indirectamente, en todas sus declaraciones generales. Forman parte de su ADN constitutivo.

No podría ser de otra forma. Su precedente inmediato, el Grupo de Río, tenía esa naturaleza; además, existen abundantes instancias multilaterales en el hemisferio, con tareas muy diversas. La Organización de Estados Americanos (OEA), la Comunidad Estados del Caribe (Caricom), el Sistema de Integración Centroamericano (SICA) y la Comunidad de Naciones Sudamericanas (Unasur) están entre ellas. Se les suman las cumbres iberoamericanas –con su Secretaría General– y de las Américas, el Mercosur, la Alianza del Pacífico, el Sistema Económico Latinoamericano y del Caribe (SELA), y otras menores.

En esta tupida fronda, la rama de la Celac no puede (ni debe) imponerse. Al contrario, le corresponde un esfuerzo constante para coordinar y no suplantar, que debería comenzar por sus vínculos con la OEA. A pesar de sus debilidades, esta es la organización más antigua y representativa del hemisferio, y tiene en su haber aportes de gran importancia en múltiples ámbitos: jurídicos, económicos, sociales, electorales, de seguridad, ambiente, educativos y de derechos humanos, que incluyen a los niños, mujeres, indígenas, personas con discapacidad y adultos mayores.

Algunos países, sin embargo, han querido convertir a la Celac en una “anti-OEA”, han impedido una interacción orgánica con ella y han desestimado sus contribuciones. Como resultado de esa negación se celebran reuniones y crean grupos para tratar temas que han avanzado en la OEA. En el mejor de los casos, la Celac duplica esfuerzos y consume escasos recursos de las cancillerías, sobre todo de países pequeños; en el peor, vulnera la integridad de una organización clave.

El principal promotor del bloqueo contra la OEA ha sido Cuba, que no es parte de ella. Así, un solo país, junto a tres o cuatro aliados directos, se ha impuesto a los demás y ha afectado seriamente el “principio de complementariedad”.

En cambio, a pesar de que 12 de los 33 países que integran la Celac tienen relaciones diplomáticas con Taiwán, esto no ha impedido que las consultas con China se hayan convertido en parte de su ejercicio anual. Estamos ante una dañina contradicción, tolerada en silencio.

Actitud proactiva. Es difícil predecir cuál será el futuro del grupo. La forma en que Costa Rica lo condujo en el 2014, al igual que Chile en el 2012, llama a cierto optimismo. Sin embargo, el poder de las presidencias es limitado y, en todo caso, su rotación no garantiza una línea estable: antes de nosotros la ejerció Cuba; a partir del jueves, Ecuador.

Hasta ahora, el principal aporte de los países más responsables y abiertos ha sido frenar las iniciativas negativas de otros, no siempre con éxito. Con esta timidez no basta. Su verdadera misión debe orientarse a impulsar, proactivamente, la Celac necesaria, que es, también, la que merecemos.

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