27 mayo, 2014

El resultado de las últimas elecciones refleja, indudablemente, un justificado descontento de los electores y la necesidad de un cambio en la forma en que se han venido conduciendo los asuntos públicos. Para satisfacer esas saludables inquietudes, es preciso identificar debidamente las verdaderas causas del descontento y la forma de corregirlas, pues el cambio por el cambio no tiene sentido alguno.

Nada habremos ganado con sustituir en el Gobierno a un partido político por otro, si este último va a reincidir en las mismas prácticas de su antecesor o caer en otras peores. Tampoco basta con señalar, en forma anecdótica, las acciones desacertadas de pasadas Administraciones, pues la lista, a más de innumerable, no nos revelaría la fuente misma de donde proceden los problemas secundarios, que no deben acaparar nuestra atención, al punto de impedirnos identificar su principal causa: el Estado hipertrofiado, obeso e inoperante que políticos irresponsables han venido alimentando desde hace varios décadas.

Trámites burocráticos. El entorpecimiento de los trámites burocráticos en el sector público, del que todos nos quejamos, es el resultado de un excesivo crecimiento del Estado, que ha promovido una burocracia, ayuna de auténtico espíritu de servicio e interesada únicamente en complicar los trámites a su cargo, para resaltar su propia importancia y conservar sus privilegios y gollerías. El espíritu de empresa, ahogado en esta maraña, naufraga sin remedio, con grave perjuicio para la economía del país.

Desde el advenimiento de la socialdemocracia, hace poco más de medio siglo, la única salida a cualquier dificultad o problema social ha sido automáticamente, y sin mayor reflexión, la de encomendarle su solución al Estado, el cual, en definitiva, no soluciona nada, pero aprovecha la coyuntura para crear nuevas oficinas e instituciones y, de esta forma, aumentar la burocracia, lo que necesariamente reclama la creación de nuevos impuestos. Esta experiencia se ha repetido en muchos otros países de Europa y de América.

Excesivo estatismo. Ortega y Gasset, en su libro La rebelión de las masas –escrito en forma de artículos periodísticos que comenzaron a publicarse a partir de 1926 en diarios madrileños, y que, pese al tiempo transcurrido, aún conserva toda su vigencia–, formula, con palabras insustituibles, un acertado diagnóstico del problema generado por el excesivo estatismo:

“El resultado de esta tendencia será fatal. La espontaneidad social quedará violentada una vez y otra por la intervención del Estado; ninguna nueva simiente podrá fructificar. La sociedad tendrá que vivir para El Estado; el hombre, para la máquina del Gobierno. Y, como a la postre no es sino una máquina cuya existencia y mantenimiento depende de la vitalidad circundante que la mantenga, El Estado, después de chupar el tuétano a la sociedad, se quedará hético, esquelético, muerto, con esa muerte herrumbrosa de la máquina, mucho más cadavérica que la del organismo vivo”.

Países más evolucionados que el nuestro, y que con anterioridad ensayaron el experimento socialista, ya están de vuelta del experimento y han entendido que la prosperidad y el bienestar de los pueblos no puede lograrse mediante instituciones y decretos, sino permitiendo y facilitando el libre despliegue de la iniciativa ciudadana, pues, a la postre, siempre ha sido la libre empresa la que en todas partes –donde se le ha permitido desarrollarse– ha logrado el crecimiento de la economía y el bienestar general.

Iniciativa individual. En este escenario, al Estado le corresponde también un papel muy importante e indelegable, pues no se trata de postular un anarquismo irresponsable, sino de crear el clima necesario para que la iniciativa individual se desenvuelva libremente, pero en forma ordenada y sin lesionar el bien común. Desmontar la maquinaria creada, a través de los años, por el intervencionismo estatal no es tarea fácil. Una maraña de políticos y burócratas se pondrá en movimiento para defender el sistema, cuya existencia justifican con argumentos insinceros, pues, en realidad, lo que defienden son sus aburguesados intereses.

Desgraciadamente, hay que reconocer que más de medio siglo de consignas patrioteras han sembrado la confusión y generalizado un tipo humano que lo espera todo del Estado y desconfía de las iniciativas de los individuos. Ya casi no hay pueblo, en el tradicional y noble sentido de la palabra. Incluso, los obreros y trabajadores manuales en general no tienen otra aspiración que conver-tirse en burgueses y empleados públicos, aunque a esto ellos lo llamen “hacerse socialistas”.

Ojalá el nuevo Gobierno aproveche la oportunidad para poner orden en este maremágnum que, por acción u omisión, todos hemos contribuido a crear.

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