Opinión

Lo que hace falta es menos misoginia

Actualizado el 03 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

La misoginia también consiste en creer que las mujeres necesitan ser guiadas

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En un artículo anterior (“La falacia del instinto maternal”, La Nación, 27/08/12), centré mi atención en un problema fundamental de la investigación científica, esto es, en cómo se construye esa verdad. Y, particularmente, alerté contra el enfoque positivista según el cual existe, allá afuera, en alguna parte, una “verdad objetiva”, específicamente en cierta apuesta por las neurociencias, que busca encontrar, nada menos que en el “sistema nervioso”, “la verdad” sobre el destino de las mujeres.

No hubo forma. Algunos cerebros, en este caso, masculinos, como el del señor Hurtado (“Hace falta el neurofeminismo”), se niegan a crear nuevos puentes neuronales y remontar no solo las estrategias machistas muy bien aprendidas para tratar de mantener a las mujeres bajo control, sino también la misoginia por la cual creen que las mujeres necesitan ser guiadas por ellos incluso para defender sus propios intereses.

Porque lo que realmente está en juego en este debate son, precisamente, aquellas “verdades objetivas” –nunca demostradas, por lo demás–, como la existencia de un “instinto maternal” y de una natural “atracción sexual mujer-hombre”, que ciertos hombres necesitan mantener como premisas seguras y estables porque, después de todo, es sobre ellas que construyen su identidad y en las que depositan su seguridad.

Es, también, el pedestal de desprecio hacia las mujeres sobre el que pueden convertirse en “ensayistas” para revistas tipo “Playboy” –solo que del subdesarrollo–, en las que la objetualización de las mujeres les confirma el espejismo de su dominación.

El hecho mismo de que recomiende un “neurofeminismo”, revela su desconocimiento de la producción filosófica, teórica y científica del feminismo, a la que, por supuesto, menosprecia. Porque yo no mencioné específicamente a Simone de Beauvoir por pura retórica. Su libro, “El segundo sexo”, es una obra monumental de deconstrucción de los mitos elaborados en la forma de “verdades científicas”, con el propósito de apoyar sobre estas los fundamentos de la dominación masculina. Y este libro inicia precisamente con un capítulo titulado “Las circunstancias biológicas”, en el que Beauvoir desmenuza y expone las trampas de los estudios empíricos de su época en esta materia.

A lo largo de su historia, el feminismo no solo se ha desarrollado en estricto diálogo con las ciencias, incluidas las neurociencias, sino que, por necesidad, las estudia profundamente.

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Ni el “instinto materno”, ni los otros que el ensayista defiende, han sido verificados por las neurociencias, así como todavía no se ha encontrado la piedra filosofal.

La Dra. Catherine Vidal, por ejemplo, prestigiosa neurobióloga y directora de investigación del Instituto Pasteur, en Francia, afirma que “nuestros cerebros son todos distintos entre sí. Y las diferencias entre individuos del mismo sexo son tan importantes que se anteponen a las que existen entre los sexos”. Esta diversidad y variedad se debe a la “plasticidad cerebral”, esto es, a que el 90% de los puentes neuronales se crean a partir de la interacción social y cultural. El 10% de neuronas interconectadas con que nacemos, ¿albergarán a los preciados “instintos” del ensayista, o serán, también, aprendidos? La Dra. Vidal reconoce que es un tema no resuelto. “Es un tema fundamental que ha sido motivo de debate durante siglos en los círculos filosóficos y científicos”. Además, refuta que se pretenda hacer pasar por un hecho científico el que hombres y mujeres tengan cerebros diferentes, pues “estas teorías se basan a menudo en observaciones realizadas en muestras muy limitadas” (CORDIS, 09/03/09).

Más aún, agrego yo, las muestras podrían ser incluso numerosas, pero, en el trabajo científico tan importantes son los datos como su interpretación, es decir, las ideas –incluidos los prejuicios– desde los cuales, quien conduce el estudio, “lee” los resultados.

Nunca olvidaré uno de estos típicos estudios de enfoque positivista según el cual sus realizadores concluyeron que el cerebro de los hombres heterosexuales era distinto del de los hombres homosexuales. Precisamente, en los de estos últimos, un elemento se mostraba más desarrollado que en el de los primeros.

Seguramente, para el ensayista, este estudio demostraría que se nace heterosexual u homosexual, según sea más o menos desarrollada esta parte del cerebro masculino. Sin embargo, la existencia comprobada de la plasticidad cerebral estaría mostrando todo lo contrario: que, precisamente por tener deseos y experiencias sexuales distintas, el cerebro de unos y otros construyó puentes neuronales de manera diferente.

Estrategia de control. Dicho lo anterior, repito, las mujeres no han necesitado esperar a “demostraciones científicas” mediante la comparación de cerebros diseccionados o por estudios de imágenes cerebrales, para saber, por experiencia, que existen mecanismos sociales y culturales que se pretenden hacer pasar por naturales o “científicos” para tratar de mantenerlas en subordinación y bajo el control masculino.

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Su propia historia, su experiencia biológica y vital, y su propio “instinto” de autonomía y libertad las ha llevado a cuestionar y refutar el “sentido común” masculino desde la antiguedad.

Estudie, señor Hurtado, por ejemplo, a la historiadora Joyce Salisbury, para que se informe de cómo, en la Edad Media europea, las mujeres huían masivamente a los desiertos y fundaban órdenes religiosas propias, para evadir el control masculino que se quería ejercer sobre ellas mediante el matrimonio y el embarazo, la violación y el convento –adscrito a un obispo–. Estudie el trabajo empírico del antropólogo francés Claude Meillaseux, titulado “Mujeres, graneros y capitales”, para que pueda usted comprender el papel del rapto de mujeres y su violación por colectivos organizados de hombres, que todavía ocurre en algunas comunidades, para asegurar que, por “instinto maternal”, las mujeres produzcan hijos (ojalá no hijas).

Instrúyase, leyendo historiografía costarricense, en particular a Alfonso González, Eugenia Rodríguez o Iván Molina, acerca de cómo, en Costa Rica, tuvo que fabricarse la “maternidad científica” e inculcarse en las mujeres a través del discurso médico, con el fin de que estas aprendieran –de la mano masculina de la “ciencia”–, cómo ser “madres modernas”, pues parece que el “instinto” nunca fue suficiente.

Estamos en el siglo XXI, señor Hurtado, la arrogancia no cubre la ignorancia. Lleve estudios de las mujeres y de género en la Universidad de Costa Rica y en la Universidad Nacional. Atrévase a construir nuevos puentes neuronales. Eso, solo puede hacerlo inteligente.

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