Las tesis de Giordano lo colocaron al margen del ámbito doctrinal y político de sus verdugos

 19 marzo

Las ideas de Giordano Bruno (1548-1600), las relaciones que mantuvo con los poderes dominantes de su época, el proceso que lo condenó y su asesinato son hechos que conservan plena vitalidad y vigencia, máxime en el presente que vivimos, marcado por fuertes inclinaciones autoritarias y militaristas en Estados, gobiernos y movimientos sociales. En un contexto como este, Giordano es un ejemplo, pero ¿de qué? ¿Qué simboliza este hombre para los habitantes del siglo XXI?

Si bien el componente experimental del bagaje teórico-práctico de Giordano Bruno, luego de 417 años de descubrimientos científico-tecnológicos y de la creación de la física clásica, la teoría de la relatividad y la física cuántica, ha sido superado, es lo cierto que su figura histórica configura un legado positivo, visionario y aleccionador, sobre todo en el ámbito del humanismo.

Él defendió la tesis heliocéntrica de Nicolás Copérnico (el planeta Tierra gira alrededor del Sol) y la radicalizó al sostener que el universo es infinito y que existen innumerables sistemas planetarios con planetas que albergan vida, moviéndose alrededor de otras estrellas.

Esta visión es distinta a la aristotélico-ptolemaica, dominante en la época de Giordano, según la cual la Tierra se encuentra en el centro del universo, mientras los astros, incluido el Sol, giran a su alrededor (geocentrismo).

La discrepancia geocentrismo-heliocentrismo no era solo teórico-especulativa, sino también política y social. Mientras los poderes político-religiosos de la época de Giordano favorecían la visión geocéntrica, varios científicos y pensadores –en cuenta Bruno– se esforzaban por acumular evidencias y razones a favor del heliocentrismo y heredaban la hipótesis de Aristarco de Samos, quien en el siglo III había propuesto la idea de que la Tierra se movía alrededor del Sol.

En el universo infinito de Giordano, con todos sus mundos y formas de vida, rigen las mismas leyes físicas que operan en el plano terrestre.

Esta perspectiva se acerca –guardando las diferencias, por supuesto– a la que exponen Hawking y Mlodinow en El gran diseño donde se sostiene que el universo conocido es autocontenido, sin fronteras, sin principio ni fin, y coexistente con universos paralelos. Giordano Bruno también pensaba que existen muchos tipos de inteligencia, tantas como realidades u objetos, que por la libertad es posible el conocimiento y el autoconocimiento, que la autonomía de la mente es la fuente de la capacidad de comprenderse y de comprender, que el saber es progresivo, no un dogma inmutable, que la realidad es cambiante, que a los científicos no se les debe imponer creencias y que la capacidad humana de fantasear e imaginar influye y modifica las condiciones materiales de vida.

Las tesis de Giordano lo colocaron al margen del ámbito doctrinal y político de sus verdugos; él se convirtió en una amenaza para quienes controlaban las ideas y emociones.

Hoy se sigue discutiendo sobre la naturaleza infinita, finita o sin fronteras del universo, la existencia o no de límites a la expansión cósmica, la posibilidad de que existan otros planetas habitados, y en el ámbito del posicionamiento de ideas, sentires y percepciones, es notoria la presencia del pensamiento expuesto por Giordano Bruno en sus textos sobre la reforma de la mente y los modos de influir en el ánimo, los conceptos y las emociones.

Mucho de lo que Bruno escribe se aplica en publicidad, mercadotecnia, política y otros ámbitos. Lo que en la época de Giordano se denominaba magia, hoy se llama mercadotecnia; a los actuales mercadólogos, líderes políticos y asesores de políticos y de dirigentes en general, les haría bien leer Las sombras de las ideas de Giordano o El arte de la memoria de Frances A. Yates.

Prisión y muerte. Los verdugos del autor de La cena de las cenizas y Del infinito: el universo y los mundos, decidieron callarlo y hacer desaparecer cualquier rastro de su vida y obra.

Giovanni Mocenigo, su protector durante algún tiempo, incapaz de comprender las innovaciones teórico-prácticas de Bruno, lo denunció como si se tratara de un hechicero que enseñaba pensamientos demoniacos.

Desde ese momento, Roberto Belarmino se convirtió en el antagonista de Giordano. Este hombre condenó a Giordano Bruno y, pocos años después, también a Galileo Galilei.

El 27 de enero de 1593 se ordenó arrestar al pensador de Nola (Bruno nació en Nola, ciudad de la provincia de Nápoles, Italia), permaneció en prisión durante ocho años acusado de blasfemia, herejía, obstinación e inmoralidad.

El 20 de enero de 1600 se trasladó su caso a los tribunales seculares, el 8 de febrero de ese año se dictó sentencia y el 17 del mismo mes fue quemado vivo en el Campo de Fiori, atestado de una multitud enardecida, ignorante, asustada, religiosa y fanática.

Legado. Cuando las carnes de Giordano Bruno se derretían en el fuego avivado por sus asesinos, él se convirtió en precursor de la ciencia moderna y en símbolo de la libertad de pensamiento; ambos aspectos amenazados en estos días de ascenso de los nacionalismos, el proteccionismo económico, los irracionalismos y las seudociencias. Giordano sobrevivió a sus victimarios y los continúa sobreviviendo; la historia de su tortura es brutal, violenta hasta la demencia.

Los herederos de quienes lo mataron –que aún conspiran en palacios, Estados y gobiernos– jamás encontrarán el modo de justificar aquel asesinato. Giordano y su martirio se les atraviesa en la garganta. Su vida y su obra son una afirmación radical de aquello que niegan las diversas formas del paradigma del odio: la condición plural de la vida humana como rasgo estructural y fundacional de la historia e instrumento cardinal en la búsqueda del conocimiento.

Los odios, al intentar realizar su utopía de uniformidad y sectarismo, inducen prácticas que rechazan la diversidad y el disenso, pero esto precisamente es lo que los lleva al fracaso.

La concordia en la diversidad, evolucionar a través de las diferencias, interactuar y comunicarse desde aquello que distingue y no a partir de lo homogéneo son rasgos de una cultura de la libertad –y de la fraternidad– como raíz de la convivencia. Frente a esta lucidez no hay oscurantismo que resista.

Giordano Bruno aún grita en el Campo de Fiori y en todas las plazas del mundo; mira, piensa, poetiza las maravillas de la vida, de su universo infinito y de la reforma de la mente; el fuego que lo consume es su libertad, su perenne conquista, su victoria frente a los oscurantismos de ayer, de hoy y de mañana.

El autor es escritor.