Opinión

El fantasma del populismo

Actualizado el 12 de abril de 2016 a las 12:00 am

No hay país que se encuentre exento de sucumbir ante discursos bien articulados

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El fantasma del populismo

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Deng Xiaoping, el gran arquitecto político de la modernización china, justificaba las reformas impulsadas por su gobierno al desligarse de la rigidez ideológica maoísta para dar paso a un sistema cada vez más abierto en lo económico, con una frase que pasará a la inmortalidad: “No importa que el gato sea blanco o negro; lo que importa es que cace ratones”.

Dicho pragmatismo ha resultado emblemático para el desarrollo de nuevas corrientes políticas y económicas tendientes a la búsqueda de resultados basados en la eficiencia de las políticas públicas estatales, más allá de las meras cuadraturas ideológicas que tradicionalmente dificultan el diálogo y la negociación para alcanzar acuerdos nacionales.

No es que se pretenda justificar el abandono de los referentes ideológicos y doctrinarios, sino más bien entender que tales referentes deben representar un norte y no camisas de fuerza, dado que las posiciones obtusas en materia doctrinaria no solo dificultan consensuar, sino que reflejan incapacidad para innovar.

En dos vías. Sin embargo, dicha practicidad ha encontrado un nicho bastante preocupante en los regímenes políticos actuales. El “gato” es hoy el fantasma de un populismo, tanto de izquierda como de derecha, que bajo un estilo particular de liderazgo y una hábil estrategia de representación y comunicación se lanza a la “caza” de una ciudadanía descontenta y desconfiada de las instituciones y sus representantes, de un Estado poco eficiente, de partidos políticos poco o nada articulados, de un sistema de justicia miope que alimenta una sensación de impunidad, de grandes temas nacionales que se abordan solamente de manera tangencial y del temor ante cuestiones estructurales que generan resentimientos y extremismos.

No hay país que se encuentre exento de sucumbir ante discursos bien articulados que apuntan a señalar problemas y a brindar soluciones que no por ser facilistas y carentes de sustento técnico, jurídico o científico, dejan de ser populares en una amplia mayoría de la población.

Lo hemos visto en el Perú seducido por Fujimori y su tractor amarillo, la Venezuela surrealista de Chávez e incluso en el amplio sector del Partido Republicano estadounidense convencido con la retórica racista y xenófoba de Trump, a quien desean coronar como comandante en jefe de la principal potencia mundial.

Desde la cumbre. Estos hábiles manipuladores del discurso político se promueven ante los ciudadanos como “uno más de ellos”, pues parte de su engaño radica en renegar de la política como algo consustancialmente malo, aunque se valgan de ella de la peor forma para, desde su cumbre, extender una plataforma tan cargada de extremismo como de inoperancia para brindar soluciones a los grandes temas de interés nacional.

Si las causas del surgimiento de figuras o plataformas populistas las encontramos en las debilidades estructurales de un sistema esclerótico y parcialmente agotado, donde los mecanismos de representación y eficiencia del sistema institucional manifiestan serias falencias estructurales, las reformas y la prevención del surgimiento y consolidación de estas figuras deben convertirse en la prioridad de quienes hoy ostentan la representación popular en las altas esferas del Estado, no solo por evitar el extremismo nefasto que conlleva el populismo, sino porque el clamor popular ante demandas estructurales es hoy más que nunca justificado y necesario de atender integralmente.

Enfoque correcto. Los partidos políticos deben dejar de priorizar en la reforma funcional de sus plataformas, para centrarse en la definición del tipo de sociedad y de Estado que se pretende impulsar mediante la oferta electoral que presentan a la ciudadanía.

El qué hacer y cómo hacerlo bien debe primar en la definición de planes y programas estructurales e inclusivos, que garanticen la atención de reformas del país por medio de equipos de trabajo serios, prudentes, coherentes y consistentes, que ejerzan su tarea de manera ética, transparente y recta, donde los mecanismos de rendición de cuentas permanentes dejen de ser una obligación para convertirse en un compromiso.

Todo esto aunado a un combate frontal a la corrupción, al narcotráfico, al tráfico de influencias y otra manifestaciones de descomposición social que continúe permeando las distintas capas de la institucionalidad democrática y dinamitando la pronta acción de la justicia.

Además, debe fomentar liderazgos capaces de convertir las adversidades en motivaciones para continuar luchas por países cada vez más democráticos, justos, inclusivos, solidarios y desarrollados, generando empatía con el colectivo social a quien se representa o se pretenda representar de manera legítima.

Esto en conjunto con una prensa responsable, que asuma su responsabilidad en la oferta informativa que se brinda.

Es hora de asumir cuotas de responsabilidad sin caer en el otro extremo que sataniza todo, presume culpabilidad aunque se demuestre lo contrario e instrumentaliza ridículamente, en nombre de la ética, códigos de conducta inaplicables que condenan lo ínfimo desatendiendo lo realmente importante.

El autor es politólogo.

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