Nadie tiene el derecho de imponer sus normas sobre las decisiones que tomen las personas

 24 octubre, 2015

El diario La Nación publicó un reportaje muy valioso sobre las familias que recurrieron a la fecundación in vitro para lograr tener hijos cuando no existía la absurda prohibición actual, y no se producía la injusta discriminación que ahora divide a la población en dos bandos: los que tienen el dinero disponible y pueden usar este método cuando lo quieren en el extranjero y el resto de la población, que no cuenta con los medios económicos adecuados y debe resignarse a no cumplir el sueño de toda pareja: transformar su amor en los hijos.

Esteban Kopper, el primer niño que nació en Costa Rica por medio de la FIV, acaba de cumplir 20 años y estudia Microbiología. También son estudiantes los hermanos Kaven y Mei-Lin Sofía Lee quienes, además, son muy buenos deportistas y alegran el hogar Lee Ramos.

En total, se produjeron 15 nacimientos con este método antes de que un absurdo fallo de la Sala IV lo prohibiera, lo cual sucede solo en Libia y Costa Rica.

La Corte Interamericana de Derechos Humanos, en un fallo trascendental, condenó la prohibición y ordenó que este procedimiento se llevara a cabo, lo cual no ha sido posible todavía.

La FIV ha tenido la oposición no solo de la Iglesia católica, con su largo historial de rechazar todo lo que signifique progreso, inteligencia y logros científicos, sino también la resistencia ciega de los diputados cristianos que pueden votar como les parezca.

Los legisladores deben permitir esta votación y no simplemente pasar las semanas, los meses, y ya pronto serán los años, presentando cientos de mociones para evitar que este beneficioso proyecto sea discutido y finalmente puesto en práctica.

El sacerdote Mauricio Víquez, en declaraciones publicadas en La Nación, indicó que tener hijos no es un derecho sino un don, sin explicar quién concede este don, ni por qué se le concede prácticamente a todo el mundo y se le niega solo a una pequeña parte de la población.

Trascender. Me parece que si existe un derecho que debe protegerse y mantenerse siempre, es el derecho humano de alcanzar una cierta inmortalidad por medio de los hijos, los nietos y, en general, los descendientes, que son la huella imborrable que dejamos en la tierra. Este derecho no debe negársele a nadie si existe una manera de lograrlo.

El sexo y, en general las relaciones en una pareja, son algo muy personal y nadie, mucho menos una teología o una Iglesia, tienen el derecho de imponer sus normas sobre las decisiones que tomen las personas, ya sea sobre la cantidad de hijos que desean tener o el método anticonceptivo que desean usar o, si sufren de esterilidad, qué método para concebir les recomienda, no un sacerdote, sino un médico.

Debemos recordar, por cierto, que la Iglesia católica pregonó por siglos que el alma entraba en el feto a los 40 días de la concepción si era hombre, y a los 90 días si era mujer.

En cuanto a la importancia que le ha dado la Iglesia católica a los embriones, en comparación con los seres humanos que podrían traer felicidad a las parejas estériles, pasará como tantas otras prohibiciones de ella, como el gravísimo “pecado” de usar métodos anticonceptivos, algo muy lejano, sin ninguna importancia, pero a lo que casi nadie le hace el menor caso.

Mario Madrigal es periodista.