No se trata de reproducir el mismo ayer inagotable, no: se trata de hacer del pasado un ahora

 8 junio, 2015

No son pocas las personas que me han confesado, después de leer el libro, que A la búsqueda del tiempo perdido (1913-22) no merece tantos elogios ni el entusiasmo de críticos y de un vasto sector de la cultura. Tampoco aprecian a su autor, el francés Marcel Proust (1871-1922), bautizado por una importante mayoría como “faro” literario del siglo XX.

En este planteamiento, hay cierta coherencia porque libro y autor están desde ya ligados y podemos comprender el uno por el otro y a la inversa, pero cabe aclarar que Proust no es asible por su biografía sino por la madura vivencia de un yo hecho de recuerdos, vivencia que él mismo desató y pudo plasmar en palabras cargadas de nuevos sentidos.

Es preciso, pues, que cada lector se prepare no para un viaje cósmico y que dirija en cambio los cinco sentidos hacia la memoria personal que subyace en medio de la inquietud y el cambio diario; y es preciso también reconocer la multitud de sensaciones –el crujido de cierta servilleta almidonada, el rasgueo de una cucharita en la taza, el sabor de una magdalena– que dormitan a la espera de un signo ideal. Esta es la clave que puede abrir la puerta de aquellos “momentos perdidos” y alumbrar un mundo próximo y distante.

Observemos. No se trata de reproducir el mismo ayer inagotable, no: se trata de hacer del pasado un ahora; y esta es toda la trama del libro.

El efecto magdalena. El viaje al tiempo perdido nace de un mínimo toque involuntario. Una sensación cualquiera ocupa el espacio y no disponemos de ningún gobierno sobre ella.

Un ejemplo es el efecto magdalena : “En el mismo instante que este sorbo de té mezclado con sabor a pastel tocó mi paladar… el recuerdo se hizo presente. Era el mismo sabor de aquella magdalena que mi tía me daba los sábados por la mañana”, escribe Proust; y tras el sabor viene la sucesión reminiscente: la casa, la ciudad, la plaza, las calles de la infancia, como si se tratara de una película que fue, pero aún no es.

Este tipo de situaciones abarca grandes y pequeñas historias de celos, desengaños, vanas esperas, angustias reprimidas, éxtasis mundanos, dolores atendidos y súplicas dulces. El hombre secreto que respalda las historias asoma un tercio de su yo fuera de la caverna de usos y costumbres, se anima a mostrar la subjetividad oculta –aunque por un rato–, atina a encontrar lo bello en lo ridículo y el deseo en el autoengaño y juzga su propio esnobismo, su afición desmedida por las matinés de los Guermantes…

No se trata de la vida de un héroe en su hora límite ni la de un santo o un sabio, ni siquiera la de un artista. No hay espectáculo aquí, únicamente la irrupción súbita, inaudita, imposible de lo que un día fue y cuya vuelta acecha en cada esquina de la conciencia. Un recuerdo vale como una primera vez, está hecho de la misma sustancia. Lo cual, literaria y existencialmente, se parece a un milagro: “no era ni siquiera un eco, un doble de una sensación pasada… sino esa sensación misma”, insiste Proust.

El mercado editorial rebosa hoy de innumerables narraciones, cierto, destinadas a manipular la emoción de quienes leemos, pero A la búsqueda es una emoción en forma de libro: por eso no es fácil reconocerla y valorar con justicia la épica cotidiana que muestra y su afán no declarado de verdad total, afán que dominó los últimos nueve años de vida de su autor, años de lucha contra el Tiempo que podría arrebatarle el sueño de soñar.

Felicidades. Son tres mil páginas de escritura, cargadas de incertidumbre (¿tendré talento suficiente?, ¿estaré perdiendo la sensibilidad?, ¿tiene sentido vital arrojarse a tamaño porvenir?, pregunta Marcel en sus desmayos) y un día sí y otro también abandona la idea, desiste de ella, lo gana el fracaso.

Fracasar es volver a la vieja existencia que ha llevado hasta entonces, entre la frivolidad y el encanto de placeres terrenales discretos, frívolos y risueños. Pero ¡ah… paradoja de la vida!: la vuelta a lo idéntico y seguro, a la frustración domesticada, lo enfrenta a una realidad.

Siente la ingravidez del Tiempo que ya descubrió en amigos y mayores, la mortalidad a ras de su cuerpo, el pelo que blanquea el aire a su paso. Y quema las naves –acto mayor– y de golpe, audaz o imprudente, decide… escribir su libro. Escribir contra la amenaza de cada día, cada semana, cada año y su deterioro aritmético, su asma, su fragilidad y el temor a lo inconcluso que no depende de su arbitrio.

Demasiado frágil para cualquier aventura de aliento, en el borde de sí, Marcel empieza A la búsqueda, y escribe las páginas que vamos a hojear, el profundo suspenso, el hurgar de intimidades, los misterios de nombres seductores que ejercen sobre su corazón el efecto estupefaciente de una gratitud conquistada: Guermantes, Combray, Doncieres, Brichord, Cottard, Swann, nombres propios de felicidades, nombres del acontecimiento de ser en el mundo.

Y ya tiene la novela: debe nada más contarla y será contar los amores vividos o imaginados, el desamor, las intermitencias del corazón y el placer, la estrechez del ánimo, las cobardías vencidas. El libro ya es el universo y el universo ya es un libro.

Creo que fijar la atención de cómo no se necesita ir al frente de guerra para mostrar coraje, nos enfrenta a un coraje menos prestigioso de tolerar la verdad con ojos abiertos y mirar el futuro incierto.

A la búsqueda es por eso escritura y acción y las dos se mezclan. A los lectores un poco desencantados se les pide una breve colaboración, no con el estilo de Proust pero sí con su decisión ejemplar de abordar el secreto que somos.

La recompensa será el contacto alquímico de cada lector con siete volúmenes llenos de algo parecido a la trascendencia, palpitante de gracia y tan retador como una apuesta que se hace en el tiempo contra el tiempo.

Víctor J. Flury es escritor.