8 diciembre, 2015

Cuando un animal se sale de su hábitat, se expone a insospechados peligros y retos. Algo similar le pasa a un político cuando se baja del Olimpo en el que cree estar para debatir con los simples mortales que viven en carne propia las consecuencias de las decisiones que toman sus gobernantes. Quizás por ello las águilas no se mezclan con los caracoles.

La valoración histórica sobre los dirigentes de un país no se compone exclusivamente de la narrativa autocomplaciente de quienes aspiran a entrar en ella, sino de contrastar esa narrativa con los resultados de su gestión. Ningún exfuncionario –presidente, ministro o diputado– tiene derecho a la imposición acrítica de una versión adulatoria de su desempeño.

Dicen los panegiristas del expresidente Oscar Arias que quienes osamos criticarle ignoramos “cómo vivían nuestros padres y nuestros abuelos” y lo que hicieron para levantarse y permitirnos ser lo que hoy somos. Chata visión de quienes parecen creer que la historia empezó en 1948.

Es cierto que durante la administración Arias se creó un ambiente propicio para la inversión privada, que se había deprimido en la inacción de su predecesor. También es cierto que el impulso al TLC consumió buena parte de los esfuerzos de su segundo gobierno, y su aprobación nos dotó de una excelente herramienta para diversificar la oferta exportable, para atraer inversión extranjera y para generar empleos sanos en el sector privado. Pero también hubo yerros.

Ante la inminente crisis, el presidente Arias lanzó el Plan Escudo, algunos de cuyos elementos comenté en un artículo anterior (“Los ocho años que quebrarán a Costa Rica”, La Nación, 23 de noviembre de 2015). Solo una mente nublada por el fanatismo puede ver un ataque sistemático y coordinado al expresidente o a su partido cuando el analista contrasta la oferta del gobernante con los resultados alcanzados. Esto no es más que un ejercicio de exigencia de la rendición de cuentas que la Constitución Política nos garantiza.

Responsabilidad. Los maquillistas de la gestión del expresidente se escudan en los problemas de gobernabilidad y en el “defectuoso modelo institucional del país”, como si no fuera Liberación Nacional el partido que más veces ha gobernado desde el pretendido Big Bang de 1948. Por supuesto que no todo es culpa de ese partido. Pero ¿no ha ocupado el PLN la presidencia en 20 de los últimos 37 años, desde la adopción del modelo de desarrollo vigente? ¿No fue el propio Arias presidente en 8 de esos 20 años y factor clave en la escogencia de su sucesora?

Pero, además de la responsabilidad que les cabe por el modelo, veamos cuánto hay de cierto en usarlo como excusa.

Fue José María Figueres quien estrenó la queja de la ingobernabilidad. A pesar de ello, y de la maraña institucional, don José María pudo construir un promedio de más de 85 Ebáis al año. En la administración Rodríguez Echeverría se agregaron más de 400, a un ritmo de más de 100 anuales.

Por eso, cuando el 29 de enero del 2009 el presidente Arias anunciaba que se crearían 100 nuevos Ebáis como parte del Plan Escudo, nada hacía prever que al final de su mandato, 16 meses después, ¡tan solo había construido 10! Tampoco fue que los Ebáis quedaron encaminados; en los cuatro años del mandato de doña Laura Chinchilla solo se agregaron 36 al total. Hechos, no discursos.

Con el mismo diseño institucional defectuoso, la administración Rodríguez Echeverría pudo aumentar la capacidad de las cárceles en alrededor de 2.500 cupos y disminuir el hacinamiento de un 65% a un 10%, y la usualmente criticada por inoperante administración Pacheco agregó otros 1.750 cupos, permitiendo al sistema penitenciario alcanzar un frágil superávit del 3% a finales del 2006. Pero dilapidaron esa ventaja heredada y llevaron la sobrepoblación al 24,1% para finales del 2010, y al 41% en el 2014. Obras son amores, no buenas razones.

Un gobierno no se puede medir solo por su desempeño en cuatro años, olvidando las consecuencias a largo plazo de sus decisiones. Tal vez por eso ahora el gobierno de Solís se ve en la penosa situación de liberar reos para aplacar la tragedia humana que es la aguda sobrepoblación penal, que ya excede el 50%.

Corifeos equivocados. Quizás lo más curioso del discurso de los corifeos del arismo es su afirmación de que el país no debe aceptar “que se presente a los gobiernos liberacionistas como dispendiosos, a pesar del excelente manejo de las finanzas públicas durante las dos administraciones Arias Sánchez”.

Economistas connotados, incluido algún exministro de Hacienda del PLN, han advertido el grave error que fue haber enfrentado una contracción temporal de la demanda privada –causada por la crisis– con un aumento permanente del gasto público.

En el gráfico que se adjunta puede observarse cómo el gasto público (línea negra) venía disminuyendo desde el 2003 y el ingreso del Gobierno (línea gris) creciendo desde el 2004, manteniendo el déficit por debajo de un manejable 3%.

Los ingresos crecieron de forma sostenida hasta el 2008, producto del auge de la economía mundial y local en esos años, y también por un esfuerzo de mejora recaudatoria desplegado en los primeros dos años de don Oscar Arias.

A partir del 2007 (antes de la crisis), el gasto público se dispara, y crece en casi cinco puntos del PIB en tres años, mientras que los ingresos caían por la desaceleración económica.

Lo más notorio del gráfico es el ensanchamiento de la brecha entre gastos e ingresos, que se observa con más fuerza a partir del 2008. Este es el origen del déficit fiscal crónico e inmanejable, sin que ninguna de las tres administraciones que han gobernado desde entonces haya hecho un esfuerzo serio por corregirlo.

Pero no debería pasar inadvertido un detalle muy importante. A partir del 2008 los ingresos del Gobierno cayeron, pero quedaron en un nivel superior al que tenían antes de la crisis. Esto refuerza la tesis de que la crisis fiscal ha sido generada casi exclusivamente desde el lado del gasto, y es allí donde tiene que darse el grueso de la corrección.

Estos son algunos de los temas de fondo que deberían enfrente y al centro del debate público nacional. Es lamentable que, en vez de eso, los escuderos oficiosos del expresidente se apresuren a exhibir una pasmosa ignorancia (como no conocer la diferencia entre el pensamiento liberal y el conservadurismo político) y a lanzar irrelevantes conjeturas sobre quienes aportamos una perspectiva crítica al debate.

Lo más preocupante es constatar que la recientemente forjada alianza PLN-PAC-FA va mucho más allá de la irresponsable aprobación de un presupuesto que disparará el déficit fiscal al vecindario del 7% en el 2016. Ahora también los liberacionistas usan la gastada estrategia del manual chavista de blandir la acusación de derechista para descalificar a quienes, desde cualquier trinchera y postura política, nos negamos a caer en la adulación irreflexiva del líder intocable a quien ellos rinden servil pleitesía.

El autor es economista, miembro de la Plataforma Liberal Progresista.