El valor supremo de la vida es la vida misma: que sea feliz o no es cosa secundaria

Por: Jacques Sagot 18 septiembre, 2015

En la larguísima lista de disparates fabricados para generar la peligrosa ilusión de ser criaturas predilectas de los dioses, está el cuento de que somos el país más feliz del mundo.

El mito revela un complejito de superioridad que ya va resultando irritante, amén de falaz e insultante para otras naciones. Difícil, muy difícil, topar con una bobería más chillona. Escalofriante, ver la presteza con que el costarricense se come sus propios confites patrioteros.

Uno. Es un error asumir a priori, de manera acrítica y automática que la misión del ser humano en la tierra consista en ser feliz. De hecho, pocos son los filósofos que se suscribirían a esta premisa. Hay valores que están por encima de la felicidad.

El valor supremo de la vida es la vida misma: que sea feliz o no es cosa secundaria. Vivir es aprender. Hemos venido a aprender una lección. Quizás sea la misma para todos, quizás difiera para cada individuo.

La vida es una enorme gestión pedagógica, donde, como en toda aula, hay buenos y malos alumnos. Y eso que venimos a aprender solo puede ser comprendido a un precio de dolor muy alto.

Hay verdades, revelaciones que solo se entienden cuando hemos escalado la última gradiente del dolor. De lo contrario, tendremos de ellas una noción teórica, pero no vivencial. Sí: hay un pretium doloris que debemos pagar si queremos tener acceso a ciertas formas superiores de la conciencia.

El dolor esculpe a brutales golpes de cincel nuestras almas, y de su buril y su martillo van brotando la sabiduría, las luces, las verdades, las epifanías que harán de nosotros estudiantes menos limitados. Así pues, es ya un error asumir que la finalidad de la vida humana sea la felicidad.

Dos. ¿Qué es la felicidad? ¿La contentera del tonto contento, satisfecho en su inconsciencia? ¿La deliciosa extenuación que sucede a un buen orgasmo? ¿El taladrante alarido que pegamos cuando nuestro equipo anota un gol? ¿Ganarse el gordo navideño? La felicidad, ¿es bienestar, venturanza, serenidad, exultación, entusiasmo, ilusión, gratitud, amor, salud, beatitud religiosa? ¿No es extáticamente feliz el psicópata que trepana a su víctima y devora sus sesos?

Una cosa salta a la vista: la felicidad es un concepto de dificilísima, elusiva y plural definición. No admitirá una sola fórmula para ser expresada. En rigor, es indefinible. Por poco gemela de otros sentimientos, no coincide completamente con ellos.

De los elementos enumerados, por ejemplo, podríamos decir que muchos son propiciadores, “condiciones de posibilidad” (Foucault) para la felicidad, pero no la felicidad propiamente dicha. Y cuando hablo de una definición, me refiero a una formulación conceptual cohesiva, no a un ejemplo.

No me digan: “Felicidad es ir tomado de la mano con la novia, deshojando margaritas al lado de un arroyo”. Ese es un ejemplo, no una definición. La definición nos forzará a un esfuerzo de abstracción infinitamente más arduo.

Tres. Asumamos que encontremos una definición satisfactoria de la felicidad. Para efectos estadísticos, a fin de medir los índices en que esta se manifiesta, tendríamos que determinar un divisor común, una unidad de mesura universal.

Esto supone que la felicidad sería una magnitud, una cantidad, una dimensión física. Así, podríamos medirla en felicihercios, felicivatios, felicipascales o felicikilos. Algo más: menester tendríamos de un instrumento capaz de mesurar nuestra esquiva entidad: el felicímetro.

Cuatro. La propuesta de Putnam, según la cual la felicidad está determinada por nuestro “capital humano” (la cantidad y calidad de gente que gravita en torno nuestro, y con la cual estamos vinculados afectivamente) no es universalizable: hay muchísima gente que encuentra la felicidad en la soledad, en el silencio, en el retiro del “mundanal ruido” (Fray Luis de León).

¿No habría sido feliz san Francisco de Asís cuando, desposado a la soledad, se retiraba a orar entre los remotos, inhóspitos peñascos del monte Alvernia? ¿No habrían sido felices todos los eremitas, anacoretas y ascetas del mundo? ¿No habría sido feliz Beethoven, que renunció a su “capital humano” porque su trabajo de composición lo forzaba a la más profunda soledad?

Camus se refería a sí mismo como “solitario y solidario”, y se daba por satisfecho con su doble condición.

Cinco. Los valores que se invocan para postular a Costa Rica como Perpetual Miss Felicity demandan urgente revisión.

Todos los parámetros asociados a la noción de felicidad andan por el suelo. En materia de educación, somos alfabetizados pero incultos: sabemos deletrear, pero no leer críticamente, menos aún escribir, y como consecuencia de ello, tampoco pensar. Por lo que atañe a la ecología, nuestra naturaleza está mucho más mancillada de lo que pretendemos: todo el excremento de la GAM va a dar al Virilla, que se lo obsequia al Tárcoles, quien a su vez se lo ofrenda al océano Pacífico.

El Tárcoles es el río más contaminado de toda América Central. Además de la materia fecal de tres millones de individuos, drena desechos de refinerías, diésel, mercurio, metales tóxicos, vacas y chanchos muertos –de vez en cuando algún cadáver humano– neumáticos, esqueletos de carrocerías, muebles viejos, electrodomésticos destartalados…

Los pobres cocodrilos que tenemos parqueados en el Tárcoles para asombro de los ingenuos turistas mutarán el día menos pensado en Godzillas o en alguna criatura digna de Parque Jurásico , con lo cual la antediluviana visión que Michael Crichton propone de nuestro país terminará de consumarse.

En otro orden de cosas, los indicadores de los niveles de confianza en Costa Rica se cuentan entre los más bajos del mundo: el costarricense no confía ni en su propia sombra.

¿Qué “felicidad” puede cimentarse en un país donde la gente vive en la paranoia y la desconfianza? San José es la ciudad más ofensivamente fea de la Vía Láctea (salvo por las tres cuadritas y doce casitas que todos conocemos).

Y no es una cuestión de mero preciosismo estético. La fealdad me preocupa aquí como signo de miseria, pero también de falta de dignidad y de autorrespeto.

Vean el San José nocturno: cuadras y cuadras blindadas por cortinas de acero. En las zonas residenciales, casas recluidas entre rejas y erizadas de alambres de púas. Enjaulados como babuinos u orangutanes: así vivimos.

Miren el perfil de las barriadas: rejas, rejas y más rejas… ¡Macabro zoológico! ¿Cómo es que los turistas no nos tiran maní o bananos a través de los barrotes, asumiendo que somos chimpancés o mandriles? ¿Y a eso le llaman “confianza”? ¿A eso le llaman “felicidad”? ¿Reos en nuestras propias casas? ¿Presos confinados a celdas de máxima seguridad?

Al asomarnos a la acera, le musitamos al presidiario de al lado: “B-buenos d-días”, y volvemos a aherrojar nerviosamente nuestra casa-calabozo.

Pasemos a otras “felicidades”: un tren josefino –el término es hiperbólico: en realidad se trata de cuatro cajones chirriantes y mal amarrados– colisiona todos los días, con frecuencia dos veces diarias, y en cierta ocasión tres, estableciendo lo que bien podría ser un récord mundial.

El narcotráfico enfeudado de áreas urbanas cada vez más grandes. Niños torturados, prostitución rampante, criminalidad pre-marera. Una ciudad capital que, en la fosca, húmeda y mal iluminada noche de nuestros arrabales, es estrictamente intransitable, tal es el peligro que se cierne en cada esquina.

Pero no sigamos: el panorama se torna más tenebroso conforme nos adentramos en él. ¡Y ese es el país más feliz del mundo!

Amigos, no coman eslóganes facilongos. Fueron hechos para halagarnos: son frasecitas efectistas, pero no efectivas. La noción misma de una “nación más feliz del mundo” es tan absurda e insostenible que se desmorona en virtud de su propia inanidad.

La ignorancia tiene la triste ventaja de operar como su propia anestesia. El ignorante no sufre porque no sabe lo que ignora, todo aquello de lo cual se pierde –lo cual es, precisamente, lo propio del ignorante–.

Tal un enfermo de Alzheimer, el tico se ha hecho anosognósico. No es ya capaz de experimentar como falencia, como carencia –y como problema funcional– todo eso que en naciones saludables movería a la acción perentoria de la ciudadanía.

En esencia, no sabemos toda la cultura que no tenemos ni jamás tendremos. No somos conscientes de nuestra incultura. He ahí nuestra felicidad: la triste analgesia de la ignorancia, que siquiera nos preserva de sufrir, y tiene la piadosa virtud de ser indolora. Costa Rica ha descubierto la Lisalgil espiritual de la incultura: esa es su “felicidad”.

Jacques Sagot es pianista.