12 mayo, 2014

Aunque me produce cierta reticencia admitirlo, debo confesar que hay una pregunta que a veces me planteo: ¿qué tal, si un buen día nos volvemos un país desarrollado, pero nadie se da cuenta de ello?

Después de todo, me cuestiono, ¿exactamente cuáles señales serían las que nos anuncien que hace un momento no éramos desarrollados, pero ahora sí lo somos? ¿Sonarán las sirenas o estallarán bombetas? ¿Cruzaremos alguna línea de meta, rompiendo una cinta o habrá alguien ondeando una bandera de cuadros? ¿Habrá titulares noticiosos que digan algo así como “A las 10:47 a. m. de hoy, oficialmente nos convertimos en un país desarrollado”?

Frases intrigantes. Sabrán disculpar mi ingenuidad, porque, siendo hijo de un economista y hermano de otros dos, quizás debería tener mejor criterio, pero la verdad es que no. Solo sé que, desde niño, he escuchado una serie de frases que siempre me han intrigado. Primero se decía que éramos un “país subdesarrollado”, pero, aparentemente, en algún momento ese calificativo se volvió feo, políticamente incorrecto, por lo que ya no se usa más. Después se decía que éramos un “país en vías de desarrollo”, pero esa idea implica que existe una meta que otros han alcanzado, pero que, después de eso, parece que la han ido corriendo cada vez más lejos, de modo que nunca la alcanzamos. Algo así como la paradoja de Aquiles y la tortuga. Actualmente, entiendo que la expresión preferida es “país emergente”, pero, personalmente, no me gusta mucho, pues suena a que ahora estamos enterrados, y me hace sospechar si no habrá otros sentados encima que no tienen mucho interés en que algún día salgamos a la superficie.

Y me pregunto si existe alguna clase de termómetro o balanza que revele cuán desarrollado, o no, es un país. ¿Algo así como una escala de 1 a 10, en la que, para ser desarrollado, haya que sacar al menos un 8, pero por ahora solo llegamos a 6 y, por eso, estamos reprobados?

En la Wikipedia se dice que el desarrollo económico es “la capacidad de países o regiones para crear riqueza a fin de promover y mantener la prosperidad o bienestar económico y social de sus habitantes”.

Eso me suena a algo que se debería poder medir, ¿verdad?

Trecho por recorrer. Existen señales obvias que, al menos a primera vista, intuitivamente confirman que todavía nos falta trecho que recorrer. Por ejemplo, me parece obvio que un país desarrollado debería tener una mejor infraestructura vial, mientras que gran parte de la nuestra da pena. También debería haber un mejor transporte público. Las escuelas no deberían enfrentar las carencias de las que han dado cuenta los medios recientemente. Y, de manera muy especial, las personas no deberían tener que enfrentar los vejámenes por los que pasan al tratar de acceder a los servicios de seguridad social.

Pero, por otra parte, noto que los llamados “países ricos” no están tampoco exentos de penurias. Y, más importante aún, observo que nuestro país posee ciertos indicadores que otros países avanzados desearían tener, como, por ejemplo, en la esperanza de vida, en la protección del ambiente, en el índice de alfabetización, en la madurez y estabilidad políticas o en la independencia judicial. Los ticos somos muy dados a la crítica ligera y, con frecuencia, no apreciamos lo que tenemos. Algunos amigos extranjeros con frecuencia me insisten en que, a pesar de que Costa Rica tiene problemas que requieren atención, la nuestra es, con todo, una sociedad que, en lo esencial, funciona. Y funciona bien.

Todos juntos. Reflexionando al respecto hace unos días, llegué a la conclusión de que, más allá de lo que cada día suena más como a un eslogan publicitario, la esencia, lo verdaderamente rescatable del “pura vida” de los costarricenses radica en la idea –compartida, quizás no por todos, pero sí por la mayoría– de que, sea como fuere, en esto estamos todos juntos, hombro con hombro. La idea de que salir adelante es una faena compartida, en la que nadie es mejor o peor, o más importante o menos necesario que los demás. Esa es la médula de lo que nos cohesiona y nos define. Y por eso es que ciertos cánceres sociales, como la corrupción, son tan graves: porque representan una afrenta cruda y directa a esa conciencia de solidaridad social que constituye nuestra suprema cualidad como pueblo y como nación.

Por ello me pregunto si, en definitiva, no tendrán razón esas sociedades que, como en el caso de Bután, no valoran tanto el frío concepto de “producto nacional bruto” y se preocupan más por el de “felicidad nacional bruta”, que ciertamente no es cuantificable, pero que se basa en criterios de una importancia verdadera e impostergable como la promoción de la justicia social, la conservación de los valores culturales, la protección de los recursos naturales y el establecimiento de un buen gobierno. Problemas materiales y morales ciertamente tenemos y deben ser enfrentados con toda energía, pero sin hacernos perder de vista lo verdaderamente relevante.

En tal caso, quizás, de pronto nos daríamos cuenta de que los subdesarrollados son otros, mientras que nosotros vamos adelante y con ventaja.