En vez de felicidad, ¿no tendrá el país una obsesión nacional por aparentarla?

 22 noviembre, 2011

Además de interesante desde el punto de vista de la ductilidad, resulta sociológicamente re- velador que algo tan serio como el plan de reforma fiscal de Costa Rica haya propiciado algo tan cómico –para muchos, sardónico– como el advenimiento de la República de Costa Risa. El hermana- miento de arribistas y políticos con siniestros payasos, más allá de partidarios o detractores de tal prodigio, es digno de celebrar.

Ambas estrategias, desde aproximaciones antagónicas, ponen sobre la palestra verdades nacionales incómodas (como la de Al Gore sobre el cambio climático, especialmente ad hoc en un paraíso tropical, Costa Rica, que ocupando menos del 0,1% de la masa terrestre concentra el 6% de la biodiversidad mundial).

Convivencia esquizoide. El Gobierno necesita recaudar nuevos impuestos para proveer de mejores servicios al ciudadano. El ciudadano – en buena hora indignado– necesita mejores gobernantes para concederles credibilidad. El país se publicita a machamartillo como el más feliz del mundo (según The New Economics Foundation) y, en un ejercicio de doble personalidad, se percibe a sí mismo como el más inseguro de Latinoamérica (según la Facultad Latinoamericana de Estudios Sociales). Todos tienen su parte de razón, sí, pero ¿acaso la convivencia esquizoide de estas realidades no tiene algo de cáustica bufonada?

Poderoso caballero es don dinero, mas la sentencia quevediana debe religarse a sus administradores en la esfera pública para que tal poder fluya al pueblo, sin desviaciones, en forma de beneficios comunes –infraestructuras, educación, salud, seguridad, etc.– que cimentan la cohesión, la prosperidad y la justicia. Llamar solidaridad tributaria a que los ricos paguen mayores impuestos es una formalidad eufemística de una obligación ética que es, al fin y al cabo, una cuestión de pura lógica, pero predicar austeridad como medio de consolidación fiscal a través de recortes en gastos sociales es una forma de harakiri técnico cuyos efectos constrictores apreciamos en la más que severa recesión europea (máxime cuando otros rubros prescindibles y susceptibles de tejemanejes y malversaciones, como publicidad o consultorías, se duplican desvergonzadamente en el presupuesto del estado costarricense).

El plan fiscal y “Costa Risa” presentan, mal que les pese, un punto de convergencia vital para el debate en su maraña de desencuentros: el imperativo kantiano de contar con políticos íntegros, evitando que el paraíso tropical antes citado degenere en paraíso de corrupción (donde, como reza el eslogan costarrisible, “hay robos y pobreza a montón” y “las leyes son un vacilón”). Edmund Burke, político irlandés del S. XVIII, sostenía que “para que el mal triunfe basta que los buenos no hagan nada”, un mazazo a la pasividad patria que tolera los abusos – una suerte de statu quorefrendado incluso por los abusados– con la misma naturalidad con que los camufla y minimiza, inflando así el copo de nieve que, a la larga, deviene en devastador alud.

Como botón de muestra, la sonada crisis de la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) interpretada partidistamente –incluso desde la Organización Panamericana de la Salud (OPS)– como una cuestión de escasez de recursos, en vez de enfatizar la mala gestión consentida, y diríase que deliberada, de un Estado que durante casi 40 años ha incumplido sistemáticamente sus obligaciones de pago activando ya entonces la bomba de relojería que hoy detona con tanta y tan anticipada virulencia. Tal como apunta el matemático actuarial que trabajó en la Dirección Actuarial de la CCSS, Rodrigo Arias López (advirtiendo en vano desde 2004 a la junta directiva de dicha entidad acerca del déficit que hoy padece), “la posición de la OPS lo que hace es salvar a los corruptos al enfocarse en los gastos, pero respecto a los ingresos dice que no se puede hacer nada” ( Semanario Universidad , 20/07/11).

Imagen engañosa. Costa Rica se dirime entre el espejo y la imagen, insistiendo en componer aquél para mejor acomodar ésta a su imaginario, obviando la autonomía de esa imagen al margen de los azogues que, momentáneamente, puedan reflejarla en poses más o menos seductoras. El Instituto Costarricense de Turismo acaba de presentar una campaña titulada “El regalo de la felicidad”; abundando en el tema, un estudio reciente vuelve a situar a los costarricenses entre los más felices, esta vez de Latinoamérica (Corporación Latinobarómetro, 2011), en virtud del grado de satisfacción superlativo que éstos, erre que erre, manifiestan.

En vez de felicidad sensu stricto, ¿no será en cambio una obsesión nacional por aparentarla, por publicitarla, un acuerdo tácito que bloquea la queja por considerarla de mal gusto o una muestra de sinceridad equiparable a la grosería en el reino por antonomasia del “pura vida” (o pura fachada)? Y, mientras tanto, el malestar encuentra caminos soterrados donde expresarse ronco (desigualdad, pobreza, violencia), lejos de las luminarias de escaparate. Costa Rica es un gran país de gente buena que no debe temer verbalizar los males que la asuelan en aras de erradicarlos, aunque eso signifique no repetir al resto del mundo, casi al dictado, lo feliz que es sin serlo tanto.