Opinión

‘Soy ateo desde los 9 años y no creo en la inmortalidad’

Actualizado el 20 de agosto de 2013 a las 12:00 am

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‘Soy ateo desde los 9 años y no creo en la inmortalidad’

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Si esta cita lo ofende, turba o simplemente capta su atención, imagine las reacciones en la Costa Rica de hace 40 años… Con ese sedicioso título comienza, en 1974, la sección periodística que durante dos décadas recogerá las voces de los principales intelectuales, artistas y periodistas costarricenses de la segunda mitad del siglo veinte y también de América. Cristian Rodríguez, Joaquín Gutiérrez, Enrique Benavides, Vargas Llosa, José Marín Cañas, Alberto Cañas, Cortázar, Isaac Felipe Azofeifa, Juan Rulfo, Francisco Zúñiga… En fin, desde José Figueres Ferrer recitando en catalán o Carlos Catania confirmando “la maravilla del teatro” gracias a un par de cervezas en un bar perdido en Guanacaste, hasta Carmencita Granados contándonos su pelea con el caudillo por su legendario “Corrido a don Pepe”.

Según Faulkner, el mejor lugar para un escritor es un putero. No sorprende, entonces, que la sección de mayor calado cultural, prestigio y permanencia en la historia del periodismo costarricense naciera, hace cuarenta años, en una cantina con Carlos Morales y José Marín Cañas enclaustrados en un reservado. El primero es devoto alumno del maestro en la universidad, pero se enemistan a muerte. Nada raro, en lo poco que conozco a Carlos hay mucho de don José… No será hasta años después, paradójicamente gracias al futbol y a la televisión, que hacen las paces y entre cafeína, alcohol y nicotina, encallan en “La Vasconia”, cada tarde a las cuatro, enhebrando la amistad rota mientras filosofan sobre lo santo y lo profano. Para recrear ese fecundo ritual, Carlos da a luz “El Café de las Cuatro” en 1974 en La Nación , pasa a La República y sigue por casi 20 años en el semanario Universidad . Morales le propone a don José que sea el primer invitado… “¡Dios libre, decir todas esas sandeces por la prensa. Lo menos que me pasaría es que me echen de la casa o que me expulsen de Costa Rica”.

“Al principio se invitaba a una personalidad y lo acompañábamos dos o tres periodistas, pero más tarde se fue llenando de grandes nombres. Momentos hubo en que tan famosos eran los acompañantes, como el invitado. Y algunas veces los primeros hicieron mejor aporte que el protagonista”. (Carlos Morales).

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Pero volvamos al inicio. Con su confeso ateísmo y el sopapo a la inmortalidad comienza “El Café de las Cuatro”. Las palabras de Cristian Rodríguez, el primer invitado, desatan durante meses una guerra santa de papel, tinta y sermones. El “Café” entra por la puerta grande, el sueño de cualquier periodista. En las siguientes dos décadas las tertulias cautivarán a sus fieles lectores. La de Joaquín Gutiérrez y Pepe Figueres es memorable. La de Carmen Granados y la de Cristian Rodríguez, cada una con lo suyo, riquísimas. La esclarecedora defensa de la libertad de Vargas Llosa, el casi autismo de Rulfo, la ternura de Cortázar, el inconformismo creador de Catania… En cada una se entretejen el arte de la entrevista y el encanto de la conversación inteligente. Queremos que no acaben, y al releerlas siempre descubriremos una veta nueva, una pregunta insurrecta, una duda transgresora, una frase original que obliga a pensar, a (re)plantearnos cosas, a zarandear el bochornoso letargo nacional.

“En la década de 1970, Costa Rica se convirtió en uno de los polos artísticos del continente. Si ahora el Estadio nacional atrae a Lady Gaga, entonces atraíamos a Rulfo, Sábato, Cortázar, Salvador Garmendia y el poeta mexicano Carlos Pellicer y la década siguiente a Isabel Allende, Vargas Llosa y Carlos Fuentes”. (Carlos Cortés. En la presentación de la segunda edición).

Después de cientos de tertulias, invitados de lujo y apasionantes polémicas, la Editorial Costa Rica publica en 1985 un libro con una selección de las mejores. Ahora, tres décadas después, la Uned publica una estupenda segunda edición, revisada por Morales, con impecable factura, ilustraciones admirables de Eddy Castro y –lo sustantivo– voces imprescindibles, confrontación de ideas, humor e ironía, sabrosas anécdotas, debates inteligentes… Todo eso, hoy tan escaso en la era de los “café gourmet” con edulcorantes… Quizá por eso el libro no ha tenido el éxito de ventas que merece. Además, tampoco veo a Carlos Morales en vía crucis por los medios sobando levas para promocionarlo, o rogando a nuestros “libreros” un campito entre los “best sellers” de quincalla y los fatuos libros de “autoauyuda”… Si usted nos siguió hasta aquí, y no lo tiene, le recomiendo que haga el campito en su biblioteca para un “Café” que le sabrá bien a cualquier hora.

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